Un
niño sufre
la calamidad del
hambre, y no sabe
por qué.
Sufre las vejaciones
de los mayores,
y no comprende por
qué. Sufre
por la torpeza de
unos y otros, por
la incomprensión
de todos, y no acierta
a comprender...
Y venga de donde
venga los niños
son los sufridores
de esta cloaca de
mundo. ¿En
qué locura
vive el hombre Dios
Santo, en qué
locura?
¿Dime
Jesús? Tú
que según
nos dicen los mayores
todo lo sabes, que
todo lo remedias,
que pones en la
humanidad la virtud
de tu armonía,
haciendo de tu ejemplo
el reflejo que impulsa
sus acciones. Tú
que diste hasta
tu vida para hacer
que los hombres
fueran buenos, lléname
de tu gracia Señor
Santo, porque me
siento confuso y
aturdido, quizá,
porque por el efecto
de mis pocos años,
el espíritu
de tu gracia no
haya entrado en
mi cerebro. Me dicen
que eres misericordioso
y bueno, que todo
lo sabes y todo
lo ves. Que todo
se hace, que nada
se hace sin que
tú lo ordenes,
que todo se para,
que todo se mueve,
sin que tú
no lo sepas, sin
que tú lo
hagas. Me han dicho
también,
que a todos escuchas,
que a todos ayudas
y a todos convences
para ser amigos;
para ser hermanos.
Y si eres tan bueno,
que los males remedias,
remedia mis ansias,
remedia mi pena,
remedia este mundo
del mal que le aqueja.
Yo no se rezarte,
yo no se pedirte
como a Dios se le
pide, pero te pido
llorando como llora
un niño;
con el llanto del
alma, que nos des
consuelo, que nos
des tu mano, que
nos des tu camino
para seguir andando,
para seguir viviendo...
Para seguir llorando
para seguir soportando
los males del mundo;
sobre nuestras espaldas.
¡Tengo envidia!
- A Ti te lo digo
Dios bueno, a Ti
me sincero. Tengo
envidia de otros
niños. De
sus cantos, de sus
juegos; de los besos
y halagos que les
dan sus mayores.
Del hambre que no
tienen, de la sed
que no pasan, de
las lágrimas
que no ciegan sus
ojos; del sabor
amargo que no deja
en sus bocas el
salobre del llanto.
De sus miradas limpias,
de sus sonrisas
claras; sin el temor
y el miedo que atenacen
sus almas. Tengo
celos, de aquellos
que todo lo tienen,
porque a mí,
todo me falta. En
tus reglas, Tú
Señor dices,
que la envidia es
pecado. ¡Perdóname
Dios Santo, perdóname,
por envidiar yo
tanto! Porque siendo
pecado lo que pido,
mal puedo tener
lo que, me está
faltando, Y si me
quedo en lo que
tengo ¿Qué
vida me espera...?
¿Qué
mundo Dios Santo...?
yo no se pedirte,
yo no sé
adularte, pero sé
llorar, y te pido
llorando, como se
le pide a un padre:
que nos des tu aliento,
que nos des tu fuerza,
tu amor, tus besos.
Danos tu Pan. Y
si no es mucho pedirte,
vuelve la mirada
de los que tienen,
hacia nosotros,
para ver si así
Señor, nos
dan siquiera lo
que a ellos les
sobra, para así
nosotros, poder
tener algo.
RESPUESTA
DE JESÚS
Se
me desgarra el alma
de sentir vuestras
faltas, de sentir
vuestra hambre sin
el remedio de nadie.
Me sangran las heridas
de mi martirio cuando
os veo sin risa,
sin ansias de vida,
sin la caricia de
un padre, sin el
beso amoroso que
es alimento del
alma, con el que
solo alimentan las
madres. Siento angustia,
siento llanto, al
ver que unos pocos
de mis hermanos
lo tienen todo,
y otros, los más,
no tienen nada,
solo miseria dolor
y hambre. Pero más
me duele que a Mí,
por más que
les digo tampoco
me escuchan, no
hacen caso de mis
palabras, no escuchan
mis consejos, hacen
caso omiso de la
tortura y tormento
que pasé
por ellos, de la
vida que di para
que fueran limpios,
para que fueran
sanos, para que
fueran buenos. ¡Ay
niño del
alma! Cómo
te digo que Yo remedio
los males, si a
vosotros no os remedio.
Cómo digo
que todo lo puedo,
si no equilibrio
el mundo del mal
que le aqueja. Cómo
te digo lo que es
mi verdad, si tu
no la entiendes.
Cómo les
digo a las gentes
del mundo que la
pureza de un niño
no entiende la grandeza
de un Dios. Cómo
te explico a ti
lo que hasta la
saciedad le expliqué
a los hombres, y
hasta más
allá de la
saciedad no me entendieron.
Llenas están
las Sagradas Escrituras
de mi Padre, de
agravios y vejaciones
del hombre hacia
el hombre, y hasta
contra Mí
y mi mismo Padre;
y otras tantas éste
los castigo de manera
ejemplar. Y así
una vez y otra vez,
y otra, hasta la
saciedad, hasta
que cansado el Altísimo
de tanta necedad
humana, me mandó
a Mí a la
tierra con todo
el amor y benevolencia
que había
en su corazón,
para que aquellos
errores de los hombres,
no fueran castigados
con dureza, sino
más bien
con la suavidad
de su gracia. Yo
organicé
con el consentimiento
de mi Padre un nuevo
orden, un nuevo
pacto con los hombres
en el que todo se
basaba en la palabra
que Yo traje de
su cielo: amor.
Amaos los unos a
los otros, les decía
Yo a los hombres,
porque con ese trozo
de cielo, tú
no estarías
aquí pidiendo
la parte de amor
que te corresponde.
Porque si los hombres
que todo lo pueden,
porque todo lo tienen,
amaran a su prójimo
como Yo les enseñé,
hubieran puesto
en ti esa parte
de cielo que te
mereces, tendrías
todo lo que tienen
los demás.
Puesto que si amas
a tu hermano, es
imposible que lo
dejes pasar hambre,
como también
es imposible que
le desees mal alguno.
¡Nada malo
puede hacerse contra
aquel que amas?
Comprendes mi querido
niño, con
que poco y con que
cosa más
sencillo se puede
remediar el mundo
de los males que
le aquejan. Los
hombres hijo mío,
como siempre, incumplieron
el pacto: Yo les
di la libertad de
hacer y deshacer,
les di mi vida y
mi muerte, y con
ellas el perdón
de sus pecados,
incluyendo el que
tú me estás
llorando. A cambio
solo tenían
que amarse, porque
con ese amor, el
mundo sería
bueno, justo, equitativo,
razonable, brillante,
hermoso, digno de
ser habitado en
convivencia por
los amantísimos
hijos de un Dios
misericordioso y
justo. Pero estoy
aquí tan
dolorido y lloroso
como tú,
tan confuso y asustado,
que mi pena se desborda
de mi pecho, puesto
que de todos los
pecados que en su
delirio ha cometido
el hombre, éste
solo es comparable
al de vuestros primeros
padres, y al igual
que entonces el
hombre no tendrá
más remedio
que pagar su desobediencia.
Pero no será
con mi castigo,
sino que el arma
de dos filos que
está manejando
en su desatino,
terminará
por herirle a él.
¿Comprendes
ahora los motivos
por los que Yo,
no puedo interferir
para remediar vuestra
pena? Pero te suplico
que no sufras con
lo que te digo,
y aunque no me entiendas,
ven a Mí,
que Yo alejaré
las sombras de tu
corazón para
que vivas en la
luz de mi espíritu,
y aunque tú
no lo sepas, tú
estás en
Mí como Yo
estoy en ti. Porque
tu pena es la mía,
tu llanto es el
mío, y sobre
todo, porque el
Cielo de mi Padre
es el tuyo también.
Moraleja:
Vive
el hombre en tensa
calma,
adorando el brillo
del oro,
despreciando el
gran tesoro
que Dios le puso
en el alma.