Voy
a seguir con el
cuento del hotel,
pues se dice que
no hay dos sin tres,
ni moza sin amor,
ni jamón
sin hueso, ni cuerpo
que lo resista.
Esto que hoy cuento
no lo conté
antes por creer
en ese momento que
estas cosas, son
cosas que no se
deben contar, además
porque me costó
una buena regañela
de mi mujer, que
me puso como hoja
de perejil, por
considerar que lo
que hice era cosa
de gentes de baja
condición.
Pero hoy que al
enterarse toda la
familia de aquello,
y tomárselo
con risas hasta
el punto de que
más de una
se meó a
las patas abajo,
parece que mi honorable
lo ve menos drástico
y más positivo.
Habíamos
comentado anteriormente,
de que el hotel
era grande, pero
las mesas de recreo
y para el baile
eran escasas, y
los que se despistaban
un poco se quedaban
de pie, cosa no
muy halagüeña,
al menos para mí.
En el comedor no
era tanta la falta,
pero si tenías
que ir buscando
donde ubicarte;
pero lo que más
fastidiaba era que
estabas toda la
tarde o parte de
ella sentado en
una mesa, y cuando
te ibas a cenar
al regreso te la
habían birlado;
total, que un día
se me ocurrió
una cosa. Le dije
a mi cuñado:
verás como
no nos quitan la
mesa ni las sillas
más, a lo
que me contestó,
-piensas quedarte
aquí de guardia
con la escopeta,
-no que va, se guardarán
solas -ya me contarás
cómo, -tú
sígueme la
corriente y ya verás,
-si no es nada más
que eso.
Empecé a
rascarme en mis
partes, y dije de
manera que los de
las mesas de al
lado lo oyeran:
jo. Cómo
me pica esto, llevo
todo el día
rascándome,
no me extrañaría
que haya cogido
ladillas de sabe
Dios dónde.
-Pues ahora que
lo dices yo también
siento picores y
escozor en ese sitio,
me dijo él,-
pues estamos aviados,
y anda que no son
molestos esos vichejos,
le contesté.
La cosa fue mas
rápida de
lo que yo pensé;
no sé cómo
se las apañaron,
pero en menos que
canta un gallo el
espacio entre nuestra
mesa y las otras
aumentó considerablemente,
mientras que más
de uno nos miraba
de reojo
Al poco llegaron
las mujeres y nos
fuimos al comedor,
y a la vuelta nuestras
sillas y la mesa
estaban esperándonos,
nadie osó
tocarlas. Al otro
día en el
desayuno la mesa
del comedor que
habíamos
ocupado la noche
antes estaba sola,
vacía; y
en el almuerzo idem,
y en la cena, y
en el salón
lo mismo, que maravilla,
teníamos
reserva de mesas.
Las mujeres que
no sabían
nada de nada; se
maravillaban que
nadie cogiera aquella
mesa cuando antes
era raro conseguirla.
Lástima que
eso no se me ocurriera
al principio y no
al final de la estancia
allí. Pero
de regreso en el
autobús de
Lloret a Barcelona
mi cuñado
se fue de la lengua
y se lo dijo a las
mujeres; cosa que
mi mujer cogió
por las tremendas
pensando qué
habrían pensado
sobre nosotros los
demás. Ya
en casa cuando mis
hijos se enteraron
de la faena, y al
tomarlo a risa,
fue cuando mi mujer
me perdonó,
pero no del todo,
puesto que piensa
que eso era una
vergüenza.
Pero yo aplico aquello
de: ándame
yo caliente ríaseme
la gente.