Había una vez en un encantado reino, llamado Pamaor, una hermosa princesa, hija del legendario y famoso Señor de Pamaor, dueño y señor de aquellos contornos, pues bien: en ese antiquísimo pero bien conservado castillo, vivía en compañía de toda su familia nuestra encantadora princesa, la cual no había contado en la agenda de su vida más de veinte cumpleaños. Y como es natural en esa plenitud de juventud, nuestra encantadora princesa sentía en su interior la llamada del amor; la imperiosa necesidad que todo ser humano siente de amar y ser amado, como un don que Dios puso en nuestros genes. Pero he aquí que como casi siempre ocurre en estos casos, nadie de aquellos contornos reunía las virtudes que nuestra princesa exigía para ser aceptado como virtuoso amante. Y pasaba los días sumida en el letargo de la monotonía cotidiana. Pero he aquí, que en medio de estas inquietudes; apareció en aquellos contornos un apuesto juglar y trovador que con sus cantos poéticos y su rasgada música ahuyentaba las nostalgias de aquel monótono lugar. Siendo tan grave y sonora la voz de aquel intrépido juglar, que el eco de sus cantos resonaba en todos los rincones del castillo, como si solo ella fuera la dueña y señora del espacio de aquel lugar. En un principio la princesa quedó enredada por la atracción de aquellos armoniosos cantos, siendo tanta su obsesión por ellos, que aunque su razón se negaba, su corazón la conducía a las torres más altas del castillo para desde la
altura poder escuchar con mas claridad la voz de aquel viajero soñador. Y un día, hasta sus oídos llegó la clara voz del trovador, en lo que parecía una queja de amor.

Por todas partes te busqué,
pero nunca te he encontrado,
ni en los montes ni en el prado.
y aún hoy no se por qué.

El amor no me ha rozado,
ni su gallardo cupido,
con su flecha ha herido
mi corazón sosegado.

Quizá fuera al oír aquella voz tan melodiosa y clara, cuando la princesa sintió la necesidad en su interior de ver al dueño de aquellos excepcionales dotes de voz y de palabra. Siendo tanta aquella necesidad, que desde aquel día no cejó en remover cielos y tierra para que su voluntad se cumpliera. Y como en estos casos el diablo ayuda a cometer el pecado, se las valió para que su señor padre organizar una fiesta en la que el trovador como artista encajaba perfectamente en los planes de la ilustre princesa. Aquella tarde acudieron al castillo de la bella princesa mas gentes de lo normal, pues la fiesta parecía ser la mejor que en muchos años se celebrara en el castillo; y en verdad parecía que todo se había preparado con rigurosa precisión y orden, pues desde el mas insignificante detalle en el castillo, hasta el último de los invitados, todos parecían haber sido sincronizados por el mismo orden.

El trovador, ávido de curiosidad, y un poco de impaciencia, llegó a la fiesta a última hora de la tarde, y como hasta su actuación aún quedaba tiempo por delante, se dedicó a curiosear por aquellos sitios que le fueron permitidos. Pero él no imaginaba que su persona era más estudiada de lo que podía imaginar: era escudriñado y estudiado tanto su anatomía como sus modales, hasta su forma de andar fue asimilado por la princesa, y en realidad parecía estar superando los exámenes, porque ésta, de vez en cuando sonreía con esa gracia que se deja ver en las mujeres cuando para ellas mismas se dan la aprobación, pareciendo ser que en esta ocasión el aprobado fue sobresaliente, puesto que por medio de una de esas tretas que suelen usar las mujeres para acercarse y llamar la atención de los hombres, se colocó a su lado... Y como que no lo hacía, entabló conversación con él. Este algo extrañado le respondió con amable cortesía, lo que sorprendió a la princesa, ya que semejante dominio de ese arte no suele estar en los plebeyos, por lo que le pareció que aquel juglar era algo especial, y así empezó a tratarlo.

No nos debe extrañar por tanto, que al trovador le pareciera algo extraño que aquella hermosa princesa conversara con él en aquella cordialidad, tan inusual en la nobleza; pero como la iniciativa salió de ella, y su conversación era amena y agradable, y la princesa tan hermosa... Que se dejó arrastrar por la virtud de estar con ella. Así lo hizo hasta la hora de su actuación, que después de pedir permiso y serle este concedido, empezó a rasgas el laúd y aclararse la garganta, saliendo con unas coplillas en las que venían a relucir la sabia voz del pueblo. Y entre principio y fin, no dejó de soslayar la mirada hacia la princesa, notando en su expresión como una llamarada de complacencia, cosa que el cantor interpretó como un triunfo para su hombría; y casi sin darse cuenta de ello, sus dedos acariciaron las cuerdas del laúd como si éstas fueran la princesa. Carraspeó de nuevo y comenzó otra canción, que más parecía poesía que canción.

En las redes del amor
yo jamás me vi metido,
más hoy llegó cupido
con su inocente candor

y sin permiso pedir,
con su arco me apuntó,
y un flechazo me asestó
para con su dardo herir

y me dejó de tal forma
que no sé si estoy herido.
Con este endiablado cupido...
no me libro de su horma.

Un sinfín de aplausos premiaron la actuación del trovador, pero el más valioso para él, fue la intensa mirada que directamente de los ojos de la princesa pasó a su corazón. Y otra vez el instrumento musical pagó las consecuencias de su nerviosismo, puesto que lo pegó a su pecho en un abrazo virtual que le diera a la princesa, pero enseguida se repuso y siguió con sus melodías.

Que el cielo me de sentido
para saber lo que pido;
quiero pedir también,
al Dios que da, todo el bien
por creer que es merecido,
que me de para escoger
hermosa y noble mujer;
que sea juiciosa y justa
porque el diablo me asusta
en tocando a ese placer.

Puesto que sería muy difícil decir con palabras, la emoción de aquel momento en que terminó sus cantos el juglar. Si pudiéramos tomar en juicio a través de nuestra mente, el criterio de cada uno de los asistentes de aquella noche, a buen seguro serían muy distintos unos de otros. La masa del pueblo seguro que pensó: que tenían ante ellos un hombre extraordinario, que con su voz y su talento llegaría lejos en aquel oficio de no pocos sacrificios. La nobleza del castillo, se felicitaría en su interior por el buen lugar en que aquel hombre los había dejado. Y la princesa seguro que estaría pensando: que aquel hombre extraordinario sería el ideal para un sórdido romance. Y para el trovador su pondría haber alcanzado parte de la fama que todo artista sueña con alcanzar, y el convencimiento de poner el deseo en el corazón de una hermosa y bella dama, hija de la nobleza; pero nunca podría imaginar los quebraderos de cabeza y sufrimiento que aquella conquista le acarrearía.

Poco o nada puede hacer el hombre cuando la mujer se propone algo... Desde Adán hasta nuestros días, siempre fue igual, ella se lleva el gato al agua, y el tonto del hombre se piensa que él domina la situación... El taimado cocodrilo es un principiante al lado de la más inepta de las mujeres. Por lo que no es de extrañar que nuestro trovador cayera en las redes que la princesa le tendió; aunque para hacer honor a la verdad, habría que decir, que él estaba encantado de verse envuelto en ellas. Pero fuera como fuera, el caso fue, que los dos se enzarzaron en el peligroso juego del amor; más aún, cuando los padres de ella se oponían abiertamente a tales amoríos, por aquello de la diferencia de clases, que al fin y al cabo ella era una princesa y él poco menos que un vagabundo; pero como en el amor no tiene límites ni fronteras, éste prevalecía por encima de todo y de todos.

Sabidos eran de todos, los amores del juglar y la princesa, hasta de los padres de ésta que andaban pensando como quitar a su hija de la cabeza aquellos desafortunados amoríos. Mientras tanto el trovador, andaba el hombre dándose cocazos por las esquinas del castillo, pero en muy pocas ocasiones podía ver a la que le había inflamado el corazón, sino era de lejos cuando esta se asomaba por alguna ventana de algún alto torreón, pero cuando esto sucedía, desgarraba su laúd acompañando a la voz de su garganta, afanándose en demostrar a la dueña de su corazón lo mucho que la quería.

Cómo está mi princesa pamaor
la más grande reina del amor,
mi señora entre los señores,
guía de todos los trovadores,
luz de perdidos
soñadores...

Aquellos poemas y cánticos hacían mella en la princesa, pero al igual que sus padres y familiares más allegados, pensaba que aquel simpático trovador, solo era eso, un trovador sin mas hacienda ni beneficio que su simpatía; por lo que no dejaba traslucir hacia él nada más que lo imprescindible de sus pensamientos y deseos. Pero el resultado de todo aquel toca me Roque era que el trovador cada día estaba más y más empecinado en el amor de la princesa. Y como quiera que el amor es ciego y a veces necio, no se le ocurrió otra cosa que pedir verla por medio de sus trovos puede un pobre pecador, pedir a la princesa pamaor, visitarla en su mansión para restaurar su corazón. Y ésta, con su voz dulce y pura, acariciar con suave mesura, el alma de este humilde trovador.

Su petición fue tan desafortunada como el amor que en esos momentos sentía por la princesa, puesto que se armó un revuelo en el castillo por aquel introvertido reclamo.
- ¡No, si tonto no es el desvergonzado! Decía el padre, ¿pero cómo se atreve a pedir el amor de mi hija? y además de esa manera... ¿Pero qué se habrá creído ese titiritero?
A la princesa no le desagradaba la forma de decirle que la querían, pero dejaba que fuera el tiempo el encargado de solucionar aquella situación, y no le manifestaba ni un sí, ni un no, dejando ahogarse en corazón del trovador en un mar de incertidumbres. La situación en la que se encontraba nuestro personaje, no la puede comprender, sino, aquellos que probaron en mayor o menor medida el mal de amores, por lo que dejo en el pensamiento de éstos, lo mal que se sentía aquel pobre hombre. Y para los desafortunados que no sufrieron esa experiencia, yo les aconsejaría que se enamoren, para vivir el tormento más hermoso que el hombre puede experimentar en su vida, por que solo así podrán comprender el desasosiego de aquel desventurado en el campo del amor.

Desventura la mía...
de querer, y no me quiera,
de adorar una quimera,
que viene rallando el día.
Infeliz de mí...
¡tan mal estoy!
¿tan feo soy?
Que no quiere saber de mí...

Y fuera su afligimiento tanto... Que por las noches alrededor del castillo se dejaba oír, más que en un canto, en una profunda queja, la pena de su corazón.

¿Quién recogerá mi amor
Si de tus manos lo perdí?
¡si de tu pecho me fui.?
¿A dónde iré con su dolor?
¡A dónde iré con otra ilusión?
¿Quién me querrá querer?
¡Me querrán sin querer saber,
Dónde dejé el corazón?

Y así, con esa tristeza en el alma, vagaba muriendo más que viviendo las desdichas de su amor... Y aun así no desfallecía, sino que parecía que la flaqueza de su desventura le enriquecían el alma.

No le temo a las discrepancias
que en el amor todo pasa,
las aguanto con mis ansias,
con angustias y nostalgias,
¡como un adiós en la pausa!
Aunque termine esta pasión,
yo jamás podré olvidarte,
pues me llenaste de amor
en venturosa ilusión,
con tu sonrisa galante.

Si en tu presencia me veo,
mi mente pierde la calma;
en tu mirar me recreo,
y tus besos yo deseo
con toda el ansia del alma...

Hervir mi sangre presiento
si tu aliento me rodea,
y dejo volar al viento
las emociones que siento
para que tus ojos las vean.

Dicen que el amor es ciego,
más para mí, todo es claro;
todo es virtud y sosiego,
que es hermoso, no lo niego,
en mi pasión lo declaro.

¿Cómo podría yo estar triste,
con ese fuego que es brasa,
si en mi pecho lo encendiste
y con tus ansias me diste,
todo la luz que me abrasa.?

Nadie que conociera al trovador de unos meses atrás podría pensar que aquella persona risueña, amable, cariñosa y habladora; fuera hoy tan sombrío pensativo y cabizbajo. Pero tampoco nadie podría pensar, que en el fondo de su corazón había como una luz que le impulsaba a seguir amando, a lo que parecía una quimera imposible. El trovador tenía razón en esto, pues como dice el refrán: a fuerza de golpes la piedra más dura se quebranta. Y vino a ser, que la princesa, fuera de ver aquel hombre rendido a sus pies, o fuera por sentirse halagada por aquellas coplas que le ofrecía, y aquellas poesías que le hacían saltar su corazón; o porque desde la primera vez que lo vio se sintió tocada por la flecha de cupido, el caso fue: que poco a poco fue bajando de su pedestal, hasta reconocer que el amor es lo más hermoso de todo lo que Dios puso en los humanos. Con la gran facilidad de que éste no entiende de barreras y leyes que los hombres hicieran para enredarse en ellas, y que ni el mismo cielo les da su aprobación, puesto que solo son fruto de la necedad de sus perjuicios.

Por lo que la dificultad más grande no estaba en la princesa, sino en sus padres que solo veían aquello con los ojos de su conveniencia, dejando nula la voluntad de la hija. Así que un día se plantaron delante de ésta, y como mejor pudieron le dijo:
-- Pensara yo, dijo el padre, si mi decir lo entiendes, que ese trovador que tú amas es refinado y culto, pero... es villano, y no es que ofenda yo, Dios me libre, al castellano, pero una cosa es ser culto, y otra tener hacienda. He oído que sus padres, son labriegos sin tierra, no tienen parcela, ni en la vega, ni en la sierra, no tienen ni pasado, ni presente ni futuro; la que se una con ellos... su porvenir será duro por no tener no tendrá, ni harina de molienda.
A lo que respondió la hija con seriedad y aplomo:
-- Todo eso que decid, es de proceder sincero. Pero por mucho que os opongáis, yo le quiero, y si él me ama, y yo le amo, si él me quiere y yo le adoro, no hay tierra viva, ni nobleza, ni tesoro que pueda más que el amor noble y puro del alma...

Como en ese tono y sinceridad hablara la hija, el padre empezó a impacientarse, pero la madre más compasiva y razonable, y con más mesura en estos temas, salió al paso diciendo:
-- Los ángeles y todos los santos me guarden y asistan de la necedad de esta hija, que la tontera le ronda no he visto disparate e insensatez más gorda, ni quiera Dios que la vea, aún que de china me vista. ¡Santo cielo! Que esta hija, nos hace perder la calma.
Entra en la sala la criada con desenfadado encanto con andar sereno y cauto, con vivaracha mirada:
-- Señora, anda por el jardín un mozo muy apuesto.
Y la madre sarta como una carretilla... Invadida por el sofoco, preguntándole a la hija:
-- ¿No será ese trovador que sus ojos en ti ha puesto? Que ha cambiado el hombre la razón por fantasía.
La criada que es una meticona, y el chismorreo es su delicia, dice con voz desenfadada:
-- ¡Qué ilusión que atrevimiento, que gallardía! Un galán tan apuesto, por el castillo rondando.
A lo que la madre respondió con los nervios a punto de saltar:
-- Desvergonzada, como te atreves a dar opinión en cosa tan familiar, sin permiso y condición, no estarás mejor donde tu oficio requiere, tú vas a opinar, lo que mi hija quiere o no quiere, ¡vete a la cocina que allí te están esperando!
La criada salió de la sala cortada, pero sin dejar de hablar:
-- ¡Válgame Dios, qué señora con tampoco decoro? quiera Dios santo, de que no la coja el toro, pues según se ve en la plaza la corrida... esta buena mujer, de antemano está cogida ¡como si no conociera yo los males de este castillo! Porque pensándolo bien, y de buen lado mirado... si ellos sin perjuicios de rangos, de razas y colores, se aman y son buenos sus amores, ¡que los dejen, que el amor, nunca fue controlado!

En esto la madre sin hacer caso a la criada, la toma con la hija que es lo que en realidad le importa.
-- ¡Y tú mala hija, a ver cuándo eres sensata! que la sarna, además de picar a veces mata, que ese buen mozo, no es partido provechoso porque sin dinero, ¡de qué vale ser hermoso? ¡sabré yo lo que son estos roba corazones! Harías bien niña hacerle caso a tus padres, que la cebolla y el pan, nunca fueron compadres porque es mejor vivir con hombre rico y noble pues los que dan la vida son: el oro, la plata y el cobre, que no mozo apuesto y galante, y a la postre pobre. Razonamiento este, más que más que claro, seguro, si lo tomas, tú futuro no será oscuro, si por el contrario eres tonta y lo rechazas, tú sola en voluntad, a la pobreza te abrazas, ¡no creas que nuestras advertencias son amenazas!

La hija escucha en silencio la monserga de los padre, y algo contrariada pero sin enojo contesta:
-- Mándame santo Dios la protección de los santos, son buenos mis padres, pero se pasan de cautos no se dan cuenta en su ceguera de viejos, y se empeñan en curar el amor con sus consejos pues quien cae en sus redes no se ve en sus espejos, y heme aquí, atrapada entre dos amores en celo ¡espero que en esto, me sea favorable el cielo! pues los deseos de mis padres yo no los puedo entender, y ellos no entienden el amor que en mí empieza arder. ¡Dulce Dios santo y bendito...!qué difícil es querer. ¿Cómo me duele el alma y nadie me quiere escuchar? todos dicen que he de dejar a mi amor marchar, y estas son todas razones que en nada me valen porque los consejos y razonamientos salen, de corazones que de mal de amores no saben.

Mientras tanto en el jardín nuestro apuesto galán se debate entre unos razonamientos que no dejan lugar a dudas de su estado de enamoramiento:

Estoy en este jardín perdido,
rodeado de fría soledad,
siento latir el corazón,
pero mi mente está ausente
por este amor que galopa
martirizando mis sienes,
como martillo en el yunque.
Estimo que es insensato
Al llegar hasta este huerto
con intenciones de verla,
Pero mi amor es tan fuerte,
que me arrastra hasta esta casa
por solo el ansia de verla.
Ansío su voz dulce y sonora
Cual gorgorito de jilguero,
Su respirar placentero,
Que calma la sed del alma
enredando entre sus labios
la pasión que me provoca.
Mi corazón late y galopa,
como galopan los potros
en la pradera salvaje.
Como huracán de viento
que arrastra en loca carrera
lo que a su paso encuentra,
sin que se pueda escapar
de semejante locura.
Ansío verme en sus ojos
tan negros como la noche,
enredarme en su mirada
como se enreda el gazapo
entre las redes de lana,
y sintiendo que su fuego
abrasador y caliente
se introduce en el cuerpo
para llegar hasta el alma.
Su pelo liso y sedoso,
es como el manto del alba,
que envuelve la noche oscura
en la claridad de su magia.
Es como hilo de seda
que tejen en sus claustros
las vírgenes orientales
sedosos en armonía
cuando la brisa los mueve,
como mueve los jarales
en la agreste serranía
con la caricia del viento.
Quisiera beber de su boca
esos besos peregrinos
que exhalan dulces suspiros
nacidos del corazón,
y que enamoran mi vida
hasta morir de pasión.
¡Mas ay de mi corazón!
que malo es sufrir de amores
cuando no tienes certeza
que aquel que amas y adoras
corresponde a tu pasión;
te pasas horas enteras
esperando una sonrisa,
una mirada velada,
un gesto, una palabra
que de luz a tu esperanza.
Y el corazón no se aflige,
no se cansa de esperar,
si en su esperanza va
el ansia de estar con ella.
¡Chips! Va, callad pensamientos,
dejarme en paz, sueños vanos,
fatuos, ausentes e irreales;
que allá al fondo, en la casa,
una ventana se abre
un rayo de luz vislumbra
una figura elegante.
¡Bendito Dios, no será ella?
¡santo cielo, esa figura...?
ese porte dirigente...
¡Dios mío cielos, ella, es ella...!

Entretanto nuestra princesa un poco cansada de discutir con sus padres, se retira a su aposento, y en una corazonada se asoma a la ventana para ver si aún sigue allí el dueño de sus pensamientos, y mientras escudriña la espesura cree ver una sombra en la oscuridad del jardín, y empieza a dar rienda suelta a sus pensamientos:

Señora madre del cielo,
reina del amor eterno
¡será el dueño de mi vida?
Vendrá a ofrecerme su amor
rindiéndome el corazón
en el brillo se sus ojos.
Mi vista no le ha visto
y el corazón me palpita,
estará en la espesura
aguardando mi llegada.
¿estará impaciente por mi?
¿Pero qué hago yo aquí?
Divagando en la ventana
En vez de ir a su encuentro.
¿Espera amor no te vayas?
Que quiero oír con tus requiebros
El palpitar de mi pecho,
en el calor de tus manos
cuando acaricien mi cuerpo.

Y en una loca carrera intenta llegar al jardín. Donde paciente espera el galán. Pero a mitad de camino, la reflexión acude a sus sentidos, aunque ésta de nada le sirve:

Como dama recatada
debo guardar paciencia
como a mi estado merece,
pero como simple mujer,
obedezco a la creación,
que me ordena mas que manda
dejar protocolo y honra
para abrazar mi galán.

En este momento el arriesgado trovador esta en el jardín, casi pensando en voz alta:

Ay amor ciego y caprichoso,
que encierras en tu pasión
todo el rigor de los hombres,
Que conviertes en un instante
En humo flojo y sumiso
merced a los caprichos
Que nacen del corazón,

Los dos enamorados se encuentran en el jardín, se cogen de las manos, y mirándose fijamente se recrean en las miradas de amor del uno al otro, rompiendo el hielo el galán con sus requiebros de amor :

Amor mi vida mi cielo,
como he ansiado este momento
de soltar mi aliento al vuelo
ufano alegre y contento.

Como suenan tus requiebros
en mi ansiado corazón,
como huele a mirra y enebro,
verdes azules y negros
lo ecos de tu pasión.

¡oh! Fieles santos que me dais
la virtud de los cielos,
pues claro está que me amáis
pues a mi llamada llegáis
sin ansiedad ni recelos.

con el corazón abierto
a tu reclamo me llego;
tan grande como un desierto,
es el amor que te siento,
como el anhelo de un ciego,
que siente pasar la vida
anhelando en su retina
esa luz desconocida
en su esperanza perdida
de la ilusión peregrina.

Dueña es de mis amores
toda tu dulce armonía
que no hay color en las flores
ni en sus vivos resplandores,
quien te iguale, vida mía.

Extasiado en tu regazo
ya siento llegar el plazo
para morirme de amor.
Abrázame dueño y señor,
y rodéame con tu abrazo.

Y en una explosión de amor los dos amantes se abrazan, para gozar la emoción que sienten sus corazones. Siendo un abrazo tan fuerte, que en él quedó enredado en la noche, como un embrujo de amor. Y aún hoy después de haber pasado tanto tiempo, cuando los enamorados pasean por aquel jardín se sienten atraídos por la esencia de aquella dulce pasión.