Había
una vez en un encantado
reino, llamado Pamaor,
una hermosa princesa,
hija del legendario
y famoso Señor
de Pamaor, dueño
y señor de
aquellos contornos,
pues bien: en ese
antiquísimo
pero bien conservado
castillo, vivía
en compañía
de toda su familia
nuestra encantadora
princesa, la cual
no había
contado en la agenda
de su vida más
de veinte cumpleaños.
Y como es natural
en esa plenitud
de juventud, nuestra
encantadora princesa
sentía en
su interior la llamada
del amor; la imperiosa
necesidad que todo
ser humano siente
de amar y ser amado,
como un don que
Dios puso en nuestros
genes. Pero he aquí
que como casi siempre
ocurre en estos
casos, nadie de
aquellos contornos
reunía las
virtudes que nuestra
princesa exigía
para ser aceptado
como virtuoso amante.
Y pasaba los días
sumida en el letargo
de la monotonía
cotidiana. Pero
he aquí,
que en medio de
estas inquietudes;
apareció
en aquellos contornos
un apuesto juglar
y trovador que con
sus cantos poéticos
y su rasgada música
ahuyentaba las nostalgias
de aquel monótono
lugar. Siendo tan
grave y sonora la
voz de aquel intrépido
juglar, que el eco
de sus cantos resonaba
en todos los rincones
del castillo, como
si solo ella fuera
la dueña
y señora
del espacio de aquel
lugar. En un principio
la princesa quedó
enredada por la
atracción
de aquellos armoniosos
cantos, siendo tanta
su obsesión
por ellos, que aunque
su razón
se negaba, su corazón
la conducía
a las torres más
altas del castillo
para desde la
altura poder escuchar
con mas claridad
la voz de aquel
viajero soñador.
Y un día,
hasta sus oídos
llegó la
clara voz del trovador,
en lo que parecía
una queja de amor.
Por
todas partes te
busqué,
pero nunca te he
encontrado,
ni en los montes
ni en el prado.
y aún hoy
no se por qué.
El
amor no me ha rozado,
ni su gallardo cupido,
con su flecha ha
herido
mi corazón
sosegado.
Quizá
fuera al oír
aquella voz tan
melodiosa y clara,
cuando la princesa
sintió la
necesidad en su
interior de ver
al dueño
de aquellos excepcionales
dotes de voz y de
palabra. Siendo
tanta aquella necesidad,
que desde aquel
día no cejó
en remover cielos
y tierra para que
su voluntad se cumpliera.
Y como en estos
casos el diablo
ayuda a cometer
el pecado, se las
valió para
que su señor
padre organizar
una fiesta en la
que el trovador
como artista encajaba
perfectamente en
los planes de la
ilustre princesa.
Aquella tarde acudieron
al castillo de la
bella princesa mas
gentes de lo normal,
pues la fiesta parecía
ser la mejor que
en muchos años
se celebrara en
el castillo; y en
verdad parecía
que todo se había
preparado con rigurosa
precisión
y orden, pues desde
el mas insignificante
detalle en el castillo,
hasta el último
de los invitados,
todos parecían
haber sido sincronizados
por el mismo orden.
El
trovador, ávido
de curiosidad, y
un poco de impaciencia,
llegó a la
fiesta a última
hora de la tarde,
y como hasta su
actuación
aún quedaba
tiempo por delante,
se dedicó
a curiosear por
aquellos sitios
que le fueron permitidos.
Pero él no
imaginaba que su
persona era más
estudiada de lo
que podía
imaginar: era escudriñado
y estudiado tanto
su anatomía
como sus modales,
hasta su forma de
andar fue asimilado
por la princesa,
y en realidad parecía
estar superando
los exámenes,
porque ésta,
de vez en cuando
sonreía con
esa gracia que se
deja ver en las
mujeres cuando para
ellas mismas se
dan la aprobación,
pareciendo ser que
en esta ocasión
el aprobado fue
sobresaliente, puesto
que por medio de
una de esas tretas
que suelen usar
las mujeres para
acercarse y llamar
la atención
de los hombres,
se colocó
a su lado... Y como
que no lo hacía,
entabló conversación
con él. Este
algo extrañado
le respondió
con amable cortesía,
lo que sorprendió
a la princesa, ya
que semejante dominio
de ese arte no suele
estar en los plebeyos,
por lo que le pareció
que aquel juglar
era algo especial,
y así empezó
a tratarlo.
No
nos debe extrañar
por tanto, que al
trovador le pareciera
algo extraño
que aquella hermosa
princesa conversara
con él en
aquella cordialidad,
tan inusual en la
nobleza; pero como
la iniciativa salió
de ella, y su conversación
era amena y agradable,
y la princesa tan
hermosa... Que se
dejó arrastrar
por la virtud de
estar con ella.
Así lo hizo
hasta la hora de
su actuación,
que después
de pedir permiso
y serle este concedido,
empezó a
rasgas el laúd
y aclararse la garganta,
saliendo con unas
coplillas en las
que venían
a relucir la sabia
voz del pueblo.
Y entre principio
y fin, no dejó
de soslayar la mirada
hacia la princesa,
notando en su expresión
como una llamarada
de complacencia,
cosa que el cantor
interpretó
como un triunfo
para su hombría;
y casi sin darse
cuenta de ello,
sus dedos acariciaron
las cuerdas del
laúd como
si éstas
fueran la princesa.
Carraspeó
de nuevo y comenzó
otra canción,
que más parecía
poesía que
canción.
En
las redes del amor
yo jamás
me vi metido,
más hoy llegó
cupido
con su inocente
candor
y
sin permiso pedir,
con su arco me apuntó,
y un flechazo me
asestó
para con su dardo
herir
y
me dejó de
tal forma
que no sé
si estoy herido.
Con este endiablado
cupido...
no me libro de su
horma.
Un
sinfín de
aplausos premiaron
la actuación
del trovador, pero
el más valioso
para él,
fue la intensa mirada
que directamente
de los ojos de la
princesa pasó
a su corazón.
Y otra vez el instrumento
musical pagó
las consecuencias
de su nerviosismo,
puesto que lo pegó
a su pecho en un
abrazo virtual que
le diera a la princesa,
pero enseguida se
repuso y siguió
con sus melodías.
Que
el cielo me de sentido
para saber lo que
pido;
quiero pedir también,
al Dios que da,
todo el bien
por creer que es
merecido,
que me de para escoger
hermosa y noble
mujer;
que sea juiciosa
y justa
porque el diablo
me asusta
en tocando a ese
placer.
Puesto
que sería
muy difícil
decir con palabras,
la emoción
de aquel momento
en que terminó
sus cantos el juglar.
Si pudiéramos
tomar en juicio
a través
de nuestra mente,
el criterio de cada
uno de los asistentes
de aquella noche,
a buen seguro serían
muy distintos unos
de otros. La masa
del pueblo seguro
que pensó:
que tenían
ante ellos un hombre
extraordinario,
que con su voz y
su talento llegaría
lejos en aquel oficio
de no pocos sacrificios.
La nobleza del castillo,
se felicitaría
en su interior por
el buen lugar en
que aquel hombre
los había
dejado. Y la princesa
seguro que estaría
pensando: que aquel
hombre extraordinario
sería el
ideal para un sórdido
romance. Y para
el trovador su pondría
haber alcanzado
parte de la fama
que todo artista
sueña con
alcanzar, y el convencimiento
de poner el deseo
en el corazón
de una hermosa y
bella dama, hija
de la nobleza; pero
nunca podría
imaginar los quebraderos
de cabeza y sufrimiento
que aquella conquista
le acarrearía.
Poco
o nada puede hacer
el hombre cuando
la mujer se propone
algo... Desde Adán
hasta nuestros días,
siempre fue igual,
ella se lleva el
gato al agua, y
el tonto del hombre
se piensa que él
domina la situación...
El taimado cocodrilo
es un principiante
al lado de la más
inepta de las mujeres.
Por lo que no es
de extrañar
que nuestro trovador
cayera en las redes
que la princesa
le tendió;
aunque para hacer
honor a la verdad,
habría que
decir, que él
estaba encantado
de verse envuelto
en ellas. Pero fuera
como fuera, el caso
fue, que los dos
se enzarzaron en
el peligroso juego
del amor; más
aún, cuando
los padres de ella
se oponían
abiertamente a tales
amoríos,
por aquello de la
diferencia de clases,
que al fin y al
cabo ella era una
princesa y él
poco menos que un
vagabundo; pero
como en el amor
no tiene límites
ni fronteras, éste
prevalecía
por encima de todo
y de todos.
Sabidos
eran de todos, los
amores del juglar
y la princesa, hasta
de los padres de
ésta que
andaban pensando
como quitar a su
hija de la cabeza
aquellos desafortunados
amoríos.
Mientras tanto el
trovador, andaba
el hombre dándose
cocazos por las
esquinas del castillo,
pero en muy pocas
ocasiones podía
ver a la que le
había inflamado
el corazón,
sino era de lejos
cuando esta se asomaba
por alguna ventana
de algún
alto torreón,
pero cuando esto
sucedía,
desgarraba su laúd
acompañando
a la voz de su garganta,
afanándose
en demostrar a la
dueña de
su corazón
lo mucho que la
quería.
Cómo
está mi princesa
pamaor
la más grande
reina del amor,
mi señora
entre los señores,
guía de todos
los trovadores,
luz de perdidos
soñadores...
Aquellos
poemas y cánticos
hacían mella
en la princesa,
pero al igual que
sus padres y familiares
más allegados,
pensaba que aquel
simpático
trovador, solo era
eso, un trovador
sin mas hacienda
ni beneficio que
su simpatía;
por lo que no dejaba
traslucir hacia
él nada más
que lo imprescindible
de sus pensamientos
y deseos. Pero el
resultado de todo
aquel toca me Roque
era que el trovador
cada día
estaba más
y más empecinado
en el amor de la
princesa. Y como
quiera que el amor
es ciego y a veces
necio, no se le
ocurrió otra
cosa que pedir verla
por medio de sus
trovos puede un
pobre pecador, pedir
a la princesa pamaor,
visitarla en su
mansión para
restaurar su corazón.
Y ésta, con
su voz dulce y pura,
acariciar con suave
mesura, el alma
de este humilde
trovador.
Su
petición
fue tan desafortunada
como el amor que
en esos momentos
sentía por
la princesa, puesto
que se armó
un revuelo en el
castillo por aquel
introvertido reclamo.
- ¡No, si
tonto no es el desvergonzado!
Decía el
padre, ¿pero
cómo se atreve
a pedir el amor
de mi hija? y además
de esa manera...
¿Pero qué
se habrá
creído ese
titiritero?
A la princesa no
le desagradaba la
forma de decirle
que la querían,
pero dejaba que
fuera el tiempo
el encargado de
solucionar aquella
situación,
y no le manifestaba
ni un sí,
ni un no, dejando
ahogarse en corazón
del trovador en
un mar de incertidumbres.
La situación
en la que se encontraba
nuestro personaje,
no la puede comprender,
sino, aquellos que
probaron en mayor
o menor medida el
mal de amores, por
lo que dejo en el
pensamiento de éstos,
lo mal que se sentía
aquel pobre hombre.
Y para los desafortunados
que no sufrieron
esa experiencia,
yo les aconsejaría
que se enamoren,
para vivir el tormento
más hermoso
que el hombre puede
experimentar en
su vida, por que
solo así
podrán comprender
el desasosiego de
aquel desventurado
en el campo del
amor.
Desventura
la mía...
de querer, y no
me quiera,
de adorar una quimera,
que viene rallando
el día.
Infeliz de mí...
¡tan mal estoy!
¿tan feo
soy?
Que no quiere saber
de mí...
Y
fuera su afligimiento
tanto... Que por
las noches alrededor
del castillo se
dejaba oír,
más que en
un canto, en una
profunda queja,
la pena de su corazón.
¿Quién
recogerá
mi amor
Si de tus manos
lo perdí?
¡si de tu
pecho me fui.?
¿A dónde
iré con su
dolor?
¡A dónde
iré con otra
ilusión?
¿Quién
me querrá
querer?
¡Me querrán
sin querer saber,
Dónde dejé
el corazón?
Y
así, con
esa tristeza en
el alma, vagaba
muriendo más
que viviendo las
desdichas de su
amor... Y aun así
no desfallecía,
sino que parecía
que la flaqueza
de su desventura
le enriquecían
el alma.
No
le temo a las discrepancias
que en el amor todo
pasa,
las aguanto con
mis ansias,
con angustias y
nostalgias,
¡como un adiós
en la pausa!
Aunque termine esta
pasión,
yo jamás
podré olvidarte,
pues me llenaste
de amor
en venturosa ilusión,
con tu sonrisa galante.
Si
en tu presencia
me veo,
mi mente pierde
la calma;
en tu mirar me recreo,
y tus besos yo deseo
con toda el ansia
del alma...
Hervir
mi sangre presiento
si tu aliento me
rodea,
y dejo volar al
viento
las emociones que
siento
para que tus ojos
las vean.
Dicen
que el amor es ciego,
más para
mí, todo
es claro;
todo es virtud y
sosiego,
que es hermoso,
no lo niego,
en mi pasión
lo declaro.
¿Cómo
podría yo
estar triste,
con ese fuego que
es brasa,
si en mi pecho lo
encendiste
y con tus ansias
me diste,
todo la luz que
me abrasa.?
Nadie
que conociera al
trovador de unos
meses atrás
podría pensar
que aquella persona
risueña,
amable, cariñosa
y habladora; fuera
hoy tan sombrío
pensativo y cabizbajo.
Pero tampoco nadie
podría pensar,
que en el fondo
de su corazón
había como
una luz que le impulsaba
a seguir amando,
a lo que parecía
una quimera imposible.
El trovador tenía
razón en
esto, pues como
dice el refrán:
a fuerza de golpes
la piedra más
dura se quebranta.
Y vino a ser, que
la princesa, fuera
de ver aquel hombre
rendido a sus pies,
o fuera por sentirse
halagada por aquellas
coplas que le ofrecía,
y aquellas poesías
que le hacían
saltar su corazón;
o porque desde la
primera vez que
lo vio se sintió
tocada por la flecha
de cupido, el caso
fue: que poco a
poco fue bajando
de su pedestal,
hasta reconocer
que el amor es lo
más hermoso
de todo lo que Dios
puso en los humanos.
Con la gran facilidad
de que éste
no entiende de barreras
y leyes que los
hombres hicieran
para enredarse en
ellas, y que ni
el mismo cielo les
da su aprobación,
puesto que solo
son fruto de la
necedad de sus perjuicios.
Por
lo que la dificultad
más grande
no estaba en la
princesa, sino en
sus padres que solo
veían aquello
con los ojos de
su conveniencia,
dejando nula la
voluntad de la hija.
Así que un
día se plantaron
delante de ésta,
y como mejor pudieron
le dijo:
-- Pensara yo, dijo
el padre, si mi
decir lo entiendes,
que ese trovador
que tú amas
es refinado y culto,
pero... es villano,
y no es que ofenda
yo, Dios me libre,
al castellano, pero
una cosa es ser
culto, y otra tener
hacienda. He oído
que sus padres,
son labriegos sin
tierra, no tienen
parcela, ni en la
vega, ni en la sierra,
no tienen ni pasado,
ni presente ni futuro;
la que se una con
ellos... su porvenir
será duro
por no tener no
tendrá, ni
harina de molienda.
A lo que respondió
la hija con seriedad
y aplomo:
-- Todo eso que
decid, es de proceder
sincero. Pero por
mucho que os opongáis,
yo le quiero, y
si él me
ama, y yo le amo,
si él me
quiere y yo le adoro,
no hay tierra viva,
ni nobleza, ni tesoro
que pueda más
que el amor noble
y puro del alma...
Como
en ese tono y sinceridad
hablara la hija,
el padre empezó
a impacientarse,
pero la madre más
compasiva y razonable,
y con más
mesura en estos
temas, salió
al paso diciendo:
-- Los ángeles
y todos los santos
me guarden y asistan
de la necedad de
esta hija, que la
tontera le ronda
no he visto disparate
e insensatez más
gorda, ni quiera
Dios que la vea,
aún que de
china me vista.
¡Santo cielo!
Que esta hija, nos
hace perder la calma.
Entra en la sala
la criada con desenfadado
encanto con andar
sereno y cauto,
con vivaracha mirada:
-- Señora,
anda por el jardín
un mozo muy apuesto.
Y la madre sarta
como una carretilla...
Invadida por el
sofoco, preguntándole
a la hija:
-- ¿No será
ese trovador que
sus ojos en ti ha
puesto? Que ha cambiado
el hombre la razón
por fantasía.
La criada que es
una meticona, y
el chismorreo es
su delicia, dice
con voz desenfadada:
-- ¡Qué
ilusión que
atrevimiento, que
gallardía!
Un galán
tan apuesto, por
el castillo rondando.
A lo que la madre
respondió
con los nervios
a punto de saltar:
-- Desvergonzada,
como te atreves
a dar opinión
en cosa tan familiar,
sin permiso y condición,
no estarás
mejor donde tu oficio
requiere, tú
vas a opinar, lo
que mi hija quiere
o no quiere, ¡vete
a la cocina que
allí te están
esperando!
La criada salió
de la sala cortada,
pero sin dejar de
hablar:
-- ¡Válgame
Dios, qué
señora con
tampoco decoro?
quiera Dios santo,
de que no la coja
el toro, pues según
se ve en la plaza
la corrida... esta
buena mujer, de
antemano está
cogida ¡como
si no conociera
yo los males de
este castillo! Porque
pensándolo
bien, y de buen
lado mirado... si
ellos sin perjuicios
de rangos, de razas
y colores, se aman
y son buenos sus
amores, ¡que
los dejen, que el
amor, nunca fue
controlado!
En
esto la madre sin
hacer caso a la
criada, la toma
con la hija que
es lo que en realidad
le importa.
-- ¡Y tú
mala hija, a ver
cuándo eres
sensata! que la
sarna, además
de picar a veces
mata, que ese buen
mozo, no es partido
provechoso porque
sin dinero, ¡de
qué vale
ser hermoso? ¡sabré
yo lo que son estos
roba corazones!
Harías bien
niña hacerle
caso a tus padres,
que la cebolla y
el pan, nunca fueron
compadres porque
es mejor vivir con
hombre rico y noble
pues los que dan
la vida son: el
oro, la plata y
el cobre, que no
mozo apuesto y galante,
y a la postre pobre.
Razonamiento este,
más que más
que claro, seguro,
si lo tomas, tú
futuro no será
oscuro, si por el
contrario eres tonta
y lo rechazas, tú
sola en voluntad,
a la pobreza te
abrazas, ¡no
creas que nuestras
advertencias son
amenazas!
La
hija escucha en
silencio la monserga
de los padre, y
algo contrariada
pero sin enojo contesta:
-- Mándame
santo Dios la protección
de los santos, son
buenos mis padres,
pero se pasan de
cautos no se dan
cuenta en su ceguera
de viejos, y se
empeñan en
curar el amor con
sus consejos pues
quien cae en sus
redes no se ve en
sus espejos, y heme
aquí, atrapada
entre dos amores
en celo ¡espero
que en esto, me
sea favorable el
cielo! pues los
deseos de mis padres
yo no los puedo
entender, y ellos
no entienden el
amor que en mí
empieza arder. ¡Dulce
Dios santo y bendito...!qué
difícil es
querer. ¿Cómo
me duele el alma
y nadie me quiere
escuchar? todos
dicen que he de
dejar a mi amor
marchar, y estas
son todas razones
que en nada me valen
porque los consejos
y razonamientos
salen, de corazones
que de mal de amores
no saben.
Mientras
tanto en el jardín
nuestro apuesto
galán se
debate entre unos
razonamientos que
no dejan lugar a
dudas de su estado
de enamoramiento:
Estoy
en este jardín
perdido,
rodeado de fría
soledad,
siento latir el
corazón,
pero mi mente está
ausente
por este amor que
galopa
martirizando mis
sienes,
como martillo en
el yunque.
Estimo que es insensato
Al llegar hasta
este huerto
con intenciones
de verla,
Pero mi amor es
tan fuerte,
que me arrastra
hasta esta casa
por solo el ansia
de verla.
Ansío su
voz dulce y sonora
Cual gorgorito de
jilguero,
Su respirar placentero,
Que calma la sed
del alma
enredando entre
sus labios
la pasión
que me provoca.
Mi corazón
late y galopa,
como galopan los
potros
en la pradera salvaje.
Como huracán
de viento
que arrastra en
loca carrera
lo que a su paso
encuentra,
sin que se pueda
escapar
de semejante locura.
Ansío verme
en sus ojos
tan negros como
la noche,
enredarme en su
mirada
como se enreda el
gazapo
entre las redes
de lana,
y sintiendo que
su fuego
abrasador y caliente
se introduce en
el cuerpo
para llegar hasta
el alma.
Su pelo liso y sedoso,
es como el manto
del alba,
que envuelve la
noche oscura
en la claridad de
su magia.
Es como hilo de
seda
que tejen en sus
claustros
las vírgenes
orientales
sedosos en armonía
cuando la brisa
los mueve,
como mueve los jarales
en la agreste serranía
con la caricia del
viento.
Quisiera beber de
su boca
esos besos peregrinos
que exhalan dulces
suspiros
nacidos del corazón,
y que enamoran mi
vida
hasta morir de pasión.
¡Mas ay de
mi corazón!
que malo es sufrir
de amores
cuando no tienes
certeza
que aquel que amas
y adoras
corresponde a tu
pasión;
te pasas horas enteras
esperando una sonrisa,
una mirada velada,
un gesto, una palabra
que de luz a tu
esperanza.
Y el corazón
no se aflige,
no se cansa de esperar,
si en su esperanza
va
el ansia de estar
con ella.
¡Chips! Va,
callad pensamientos,
dejarme en paz,
sueños vanos,
fatuos, ausentes
e irreales;
que allá
al fondo, en la
casa,
una ventana se abre
un rayo de luz vislumbra
una figura elegante.
¡Bendito Dios,
no será ella?
¡santo cielo,
esa figura...?
ese porte dirigente...
¡Dios mío
cielos, ella, es
ella...!
Entretanto
nuestra princesa
un poco cansada
de discutir con
sus padres, se retira
a su aposento, y
en una corazonada
se asoma a la ventana
para ver si aún
sigue allí
el dueño
de sus pensamientos,
y mientras escudriña
la espesura cree
ver una sombra en
la oscuridad del
jardín, y
empieza a dar rienda
suelta a sus pensamientos:
Señora
madre del cielo,
reina del amor eterno
¡será
el dueño
de mi vida?
Vendrá a
ofrecerme su amor
rindiéndome
el corazón
en el brillo se
sus ojos.
Mi vista no le ha
visto
y el corazón
me palpita,
estará en
la espesura
aguardando mi llegada.
¿estará
impaciente por mi?
¿Pero qué
hago yo aquí?
Divagando en la
ventana
En vez de ir a su
encuentro.
¿Espera amor
no te vayas?
Que quiero oír
con tus requiebros
El palpitar de mi
pecho,
en el calor de tus
manos
cuando acaricien
mi cuerpo.
Y
en una loca carrera
intenta llegar al
jardín. Donde
paciente espera
el galán.
Pero a mitad de
camino, la reflexión
acude a sus sentidos,
aunque ésta
de nada le sirve:
Como
dama recatada
debo guardar paciencia
como a mi estado
merece,
pero como simple
mujer,
obedezco a la creación,
que me ordena mas
que manda
dejar protocolo
y honra
para abrazar mi
galán.
En
este momento el
arriesgado trovador
esta en el jardín,
casi pensando en
voz alta:
Ay
amor ciego y caprichoso,
que encierras en
tu pasión
todo el rigor de
los hombres,
Que conviertes en
un instante
En humo flojo y
sumiso
merced a los caprichos
Que nacen del corazón,
Los
dos enamorados se
encuentran en el
jardín, se
cogen de las manos,
y mirándose
fijamente se recrean
en las miradas de
amor del uno al
otro, rompiendo
el hielo el galán
con sus requiebros
de amor :
Amor
mi vida mi cielo,
como he ansiado
este momento
de soltar mi aliento
al vuelo
ufano alegre y contento.
Como
suenan tus requiebros
en mi ansiado corazón,
como huele a mirra
y enebro,
verdes azules y
negros
lo ecos de tu pasión.
¡oh!
Fieles santos que
me dais
la virtud de los
cielos,
pues claro está
que me amáis
pues a mi llamada
llegáis
sin ansiedad ni
recelos.
con
el corazón
abierto
a tu reclamo me
llego;
tan grande como
un desierto,
es el amor que te
siento,
como el anhelo de
un ciego,
que siente pasar
la vida
anhelando en su
retina
esa luz desconocida
en su esperanza
perdida
de la ilusión
peregrina.
Dueña
es de mis amores
toda tu dulce armonía
que no hay color
en las flores
ni en sus vivos
resplandores,
quien te iguale,
vida mía.
Extasiado
en tu regazo
ya siento llegar
el plazo
para morirme de
amor.
Abrázame
dueño y señor,
y rodéame
con tu abrazo.
Y
en una explosión
de amor los dos
amantes se abrazan,
para gozar la emoción
que sienten sus
corazones. Siendo
un abrazo tan fuerte,
que en él
quedó enredado
en la noche, como
un embrujo de amor.
Y aún hoy
después de
haber pasado tanto
tiempo, cuando los
enamorados pasean
por aquel jardín
se sienten atraídos
por la esencia de
aquella dulce pasión.