Dulce señor padre nuestro,
bendito hijo del hombre,
bendito el pan con tu nombre;
bendito seas, señor y maestro.

Bendito el cáliz del vino,
que su licor es tu sangre,
bendita la luz que se abre
por su misterio divino.

Bendito seas al vencer,
por tu morir en la cruz,
bendita señor la virtud,
que nos diste al renacer.

Y llévanos Dios creador
con tu cuerpo consagrado;
ven, llévanos a tu lado,
hacia el edén de tu amor.

Y en esa acción de bondad,
sea la morada del cuerpo
hasta el morir del tiempo,
la casa de amor, y verdad.