Más
allá de la
arena dorada y rubia
del desierto; más
allá de las
hipotéticas
columnas que soportan
el techo de la tierra,
casi al límite
del confín
de las dunas, en
ese basto mar de
arenas; encontré
un peregrino, que
casi exhausto, recostado
sobre la fina arena,
yacía inerme
esperando la muerte.
Me acerqué
hasta su cuerpo,
y al observar que
aún tenía
vida intenté
remediarlo en lo
posible. El hombre
me miró,
y con su mirada
agradeció
mi ofrecimiento,
y acto seguido dijo
lo siguiente: gracia
Alá que en
tu infinita misericordia
y tu inconmensurable
bondad escuchaste
mi súplica,
al poner en mi presencia
a este mensajero
de tu misericordiosa
gracia, ya puedes
llevarme al edén
de tu presencia,
al paraíso
donde descansará
mi alma gozando
los placeres que
fluyen de sus cuatro
ríos sagrados.
Dirigiendo sus palabras
hacia mí,
me dijo en un acento
sosegado y lleno
de bondad: te doy
las gracias mi querido
bienhechor por ser
tú el elegido
para que después
de salida mi alma
de mi cuerpo, y
volar al seno del
padre eterno, seas
el encargado de
enterrar los restos
de mi pobre cuerpo
en este amado desierto
mío. Cavarás
mi fosa, pero no
muy profunda pues
quiero que el calor
del sol caliente
mi cuero, y escuchar
el bramido del siroco
cuando pase por
este mi postrero
lecho, y sentir
cómo es arrastrada
la arena por el
soplo de este viento,
quiero sentir en
las noches de calma
y luna llena, la
opaca luz de su
reflejo porque esa
luz de plata, es
la portadora del
amor y la esperanza;
y llegado a este
punto, sus labios
se pararon para
tomar aliento; momento
que aproveché
para preguntarle:
pero por qué
mi querido amigo
te dejaste morir
así. - Ay,
me dijo con una
nota de amargura
entre sus labios,
amé tanto,
que se me fue la
vida en el amor,
mi corazón
no escucho a mi
razón, y
mi cuerpo se doblegó
a la sinrazón
de la ceguera, porque
no hay más
ciego que aquel
que no quiere ver
la luz de la vida;
y como esto ya es
irremediable, me
voy a donde pueda
sosegar mi espíritu.
Siendo así
que en este momento
se le escapó
la vida.
Yo por mi parte
solo pude hacer
lo que humanamente
puede hacerse; besé
su frente con profundo
respeto y enterré
su cuerpo tal y
como él me
lo pidió.
Dejé el lugar
tan disimulado que
ni yo mismo podría
encontrar la tumba
de aquel desdichado
en amores y tan
afortunado en el
amor. Recé
a título
póstumo una
oración:
OH Dios, el misericordioso,
el clemente, el
que a todo ama con
infinita bondad,
llévalo a
tu paraíso
para que pueda saborear
el agua, la leche,
la miel y el vino,
que con gran sabiduría
pusiste en los ríos
de tu cielo, para
las almas que allí
moran. Y dicho esto,
me fui de aquel
lugar, pensativo
y sin mirar atrás.