Hoy voy a contar algo que en mis años mozos me sucedió, pero que cuando lo cuento en alguna reunión nadie se lo cree, quizá por lo raro del caso: la cosa empezó en las fiestas de un pueblo cercano al mío. Entré en una sala de baile y allí estaba un chica de otro pueblo más arriba que en alguna ocasión bailamos alguna pieza en otras fiestas. Al verme entrar me hizo señas con la mano y yo me acerqué a ella, chico, me dijo, no veo a ningún conocido y empezaba a sentir aburrimiento, ¡no vendrás acompañado? -no le conteste, y su cara se alegró aún más.

Empezamos a bailar y al cabo de unas cuantas piezas nos sentíamos muy compenetrados, hasta el punto de que ella comenzó a bajar la guardia, se dejaba atraer, meter el muslo entre los suyos apretar la mano etc. yo por mi parte sentía todo aquello y una corriente de gozo interno me invadía, me daba cuenta de que ella estaba al borde de sus fuerzas, así que, en un pequeño descanso de la música sin mediar palabra entre nosotros, salimos a la calle y nos dirigimos a un huerto de naranjos muy cerca de allí; bajamos una pequeña rampa y nos apoyamos en el ribazo o muro al amparo de la sombra de un árbol de aquellos, comenzando el festín que en público no podíamos hacer, nos besábamos como locos sus manos se aferraban a mi y las mías a ella; mientras una de mis manos acariciaba el cuello y parte de la cara la otra se introdujo por debajo de la falda, y en un suave masaje fue subiendo hasta encontrar sus bragas, deslicé mis dedos por debajo de ellas y encontré un hermoso y tupido monte de Venus acariciando la palma de mi mano. Sentí como se estremecía a la vez que sus piernas se abrían para dejar más espacio a mi mano que no dejaba de palpar aquel nido de perlas.

Ella por su parte abrió mi bragueta y se adueño de mi pene que sobresalía el doble de su mano, lo acariciaba con frenesí; estábamos a punto de consumar aquella pasión, cuando por encima de aquel muro que en su parte de arriba estaba a pie llano aparecieron dos borrachos para evacuar aguas menores, que en este caso eran sin lugar a dudas aguas mayores por la cantidad de meada que dejaron caer justo encima de nosotros, porque, aún que nos pegamos al muro nos cayó toda la meada con un olor nauseabundo que no habíaa quién lo aguantara.

Allí, en aquella mojada asquerosa se quedaron, nuestras ilusiones, nuestras ansias de sexo, todo se fue al traste por una indecente meada. ¡Qué injusta es la vida a veces!