Hoy contaré lo que me aconteció en el cortijo de Manolo el de Remedios gran persona y buen amigo de todo el mundo, y como se suele decir, mejorando lo presente. La verdad es que casi siento vergüenza al recordar los hechos en los que se basa esta historia, puesto que más de un se reirá de mi simpleza, pero por otro lado pienso que eso le pasa a cualquiera, por lo que me decido a contarla y que cada uno juzgue según su parecer, pero me gustaría pedirles a quienes me lean que primero analicen en una situación así cuál sería su reacción, porque a buen seguro que más de uno caería en la misma trampa que yo caí; y sinceramente, me sentiría menos simplón si consiguiera un número aceptable de los que me entendieran.

Bueno empezamos: el tal Manolo me tenía dicho que cuando tuviera tiempo y ganas de visitarlo que me pasara por su cortijo, pues quería conocer mi opinión sobre un alambique que el mismo se estaba haciendo. Total, que hace unos días me pasé por su terreno, está éste situado en un paraje llamado la Capellanía por pertenecer antiguamente todos estos terrenos a la iglesia, pero que en la actualidad está, esta tierra muy repartida en pequeñas parcelas en las que cada uno fue construyendo sus viviendas como a cada cual le vino en gana, siendo esa especie de anarquía la que hoy le da al paraje un singular y raro atractivo.

Llegué a la puerta de la verja que rodea toda la casa y toqué el timbre que estaba adosado a la pared, y acto seguido unos enormes ladridos de perro grande se esparcieron por todo el recinto. Después de la impresión y repullo mis ojos se fueron a la verja viendo con estupor que no era lo suficientemente alta como para mantener aislado al perro, dueño de tan descomunales ladridos. Entonces me dediqué a buscar con mirada ávida algún palo, garrote o algo que me sirviera de arma defensiva, pero nada encontré y los ladridos de aquel energúmeno de perro se oían cada vez más cerca. Pensé en salir corriendo, pero mi razonamiento me decía que no era una buena idea, puesto que al verme huir aumentaría su furia y me daría alcance enseguida, por lo que mi única opción medio buena era llamar al dueño de la casa con toda la fuerza que mi boca pudiera, y lo llame, Manoloooooo, una y otra vez, y por fin apareció Manolo.

- Qué pasa, me dijo con toda la tranquilidad del mundo.
- ¡Cómo que, qué pasa! Sujeta el perro, y casi al instante el perro se calló, y yo empecé a sentir alivio. No me digas que te has asustado del perro, me dijo con una pizca de socarronería mientras abría la puerta.
- Me asusté del gato, no jodas.
- Pero si el perro sólo es un ladrido de perro.
- ¡Cómo un ladrido! ¿Y el perro?
- Pues eso, que sólo es una grabación.
Me quedé más muerto que con el perro.
- Tú sabes el susto que me dio tu medio perro.
- Ya, por eso acudí corriendo.
Me quedé mirándolo y le dije: mira, Manolo, me voy por que si me quedo te mato.
- ¿Pero bueno no ves el alambique?
- Quédate con tu alambique, tu mitad de perro que yo me voy. Y me fui dejándolo cabitivo y pensabajo.

Y esta es la historia del dichoso perro de Manolo de Remedios, que muchos se reirán, pero que a mí a punto estuvo de darme un infarto.