Dedicado
en toda su extensión
a Mateo, abuelo
paterno de mi nieta
Alba, y en especial
a ella misma; que
en la más
pura realidad de
sus actos, hicieron
posible que esta
narración
naciera en mi fantasía.
Hay en un bonito
pueblo llamado Macael,
un hombre muy bondadoso,
que tenía
una hermosa nieta
a la que no le negaba
nada de lo que esta
le pedía,
así que un
buen día
la niña le
pidió: una
bicicleta, pues
a pesar de sus pocos
años ésta
sabía de
la bondad de su
abuelo, por lo que
éste le daría
todo lo que le pidiese.
Y
al despertar de
un día de
primavera, la niña
se encontró
con una bicicleta
al lado de su cama:
con su manillar
cromado, sus dos
manetas para los
frenos, que le parecieron
dos divertidas orejas,
y un gracioso faro
que en su fantasía,
le pareció
que era un ojo simpático
y brillante. Y el
esbelto cuadro,
todo pintado de
azul, como las olas
del mar. El también
cromado de sus llantas
armonizaba con el
movimiento de las
ruedas, pareciendo
retener en su interior,
toda la gracia y
armonía de
los cisnes.
Llena
de alegría
saltó de
la cama, y corrió
con su bicicleta
al patio de la casa,
y en su loca alegría,
propia de los niños,
no advirtió
que no sabía
montar en aquella
máquina de
andar con prisa.
Y sucedió
lo inevitable, porque
cuando montó
en la bicicleta,
antes de darse cuenta
del error que había
cometido, cayó
al suelo, con tan
mala suerte, que
lo hizo sobre una
jardinera llena
de rosales y geranios.
Imaginemos a la
niña con
su pijama desgarrado
y toda llena de
arañazos
por las espinas
del rosal. Y cuando
por fin, pudo salir
de aquel involuntario
abrazo que las flores
le dieron; se quedó
mirando a la bicicleta,
que se encontraba
tumbada junto a
la jardinera, con
el manillar retorcido,
y la rueda delantera
mirando al cielo.
Y la niña
entre sollozos,
en un gesto de tristeza,
con los ojos, empañados
por el llanto, con
la voz entrecortada
entre suspiros le
dijo: ¡Eres
mala, te crees muy
graciosa! me has
tirado encima de
las plantas para
hacerme daño:
¡Ya no te
quiero! Y dando
media vuelta se
metió en
la casa, no queriendo
saber más
de la bicicleta.
Su abuelo la recogió
y la guardó
en el trastero de
la casa sin tomar
partido por la decisión
de la niña;
pero después
de pasado mucho
tiempo, el azar
hizo que aquel hombre
entrara en aquel
cuarto, llamando
su atención
que la bicicleta
estaba oxidada,
con las ruedas desinfladas,
y el faro que antes
fuera tan llamativo
y arrogante, inclinado
y deslucido, como
si quisiera demostrar;
toda la tristeza
de una pena.
Y aquel hombre bondadoso,
que de penas y tristezas
sabía mucho,
recordando la caída
de su nieta; y como
queriendo disculparla
por su actitud de
aquel día,
posando una mano
en el sillín
de la bicicleta
se dirigió
a ella diciendo:
pobre máquina,
la niña le
echó la culpa
de su caída
dejándola
abandonada, condenada
a la vejez en plena
juventud, y mirando
en el fondo de su
alma yo diría,
que lo que refleja
en su mal estado,
es la pena de ser
inútil cuando
se puede ser útil;
de no hacer nada
cuando se puede
hacer algo.
Y tan metido estaba
el hombre en sus
pensamientos que
le pareció
escuchar una suave
voz que venía
de la bicicleta:
Sí que tengo
alma, me construyeron
para cumplir con
el gratificante
trabajo de hacer
felices a los niños
sirviéndoles
de pasatiempo a
la vez que mejorar
su fuerza, pues
con nuestro uso
se practica el mejor
y más completo
ejercicio físico
que se puede realizar;
pero héme
aquí llena
de polvo y telarañas,
abandonada y enmohecida,
no solo de mi cuerpo
sino tambien de
mis sentimientos,
y todo por capricho
de tu nieta, pues
yo no tengo la culpa
de que ella no supiera
montarme.
Y
el bueno de Mateo,
que así se
llamaba el hombre;
entre el susto que
se llevó
al oír hablar
a la bicicleta,
y las razones que
ésta le dio
tan cargadas de
tristeza, sin darse
cuenta que aquella
voz que oyó,
no podía
venir de la máquina,
sino que era la
lógica respuesta
a sus pensamientos,
le respondió
en tono cariñoso:
tienes razón,
eres demasiado bonita
para estar en este
cuarto consumiendo
tu vida y tu esperanza.
Ahora mismo te limpio
y te engraso; y
te saco a la calle,
y voy a obligar
a mi nieta a que
te pida perdón,
y me encargaré
de enseñarla
a montarte y cuando
ya sepa verás
qué felices
vamos a ser los
tres, porque cuando
tú y mi nieta
vayáis paseando
por las calles del
pueblo, serás
la envidia y admiración
de los demás,
y mi nieta se sentirá
orgullosa de ser
la dueña,
de la más
hermosa, la más
veloz y la más
brillante de todas
las bicicletas.
Y yo me sentiré
el abuelo más
feliz del mundo,
de veros a las dos
felices y contentas.
Mientras esto pensaba
para sus adentros;
se afanaba en limpiar
la bicicleta para
ponerla en funcionamiento
lo antes posible.
Y cuenta el buen
hombre a sus compañeros
de tertulia, todo
lleno de orgullo,
que una vez limpia
y engrasada la bicicleta,
relucía como
un espejo, como
si dentro de ella
hubiese un rayo
de alegría.
Y aún hoy,
cuando las gentes
del pueblo recuerdan
a la niña
paseando por sus
calles, comentan,
que cuando ella
pasaba por su lado,
no podían
de dejar de mirarla,
pues era tan armonioso
el rodar de aquella
bicicleta, que parecía
tener una vida propia.
Moraleja:
Ser bondadosos y
cuidar las cosas,
mis queridos niños,
pues en ese cuidado
encontraréis
en vuestro mañana,
la perfección
que os enseña
el buen hacer de
hoy.