Hoy
voy a contaros mi
viaje a Lloret de
mar, vacaciones
del (mundosenior)
Salimos de mi pueblo
a las cinco de la
mañana del
día dieciséis
de dos mil seis,
con destino a Almería
en un taxi pagado
por nosotros, allí
nos reunimos con
otras personas que
habían escogido
el mismo sitio que
nosotros de vacaciones.
Subimos a un autocar
con destino al aeropuerto
de Granada, nos
agrupamos con otras
pocas personas mas
de Granada, formando
así un grupo
mixto, Almería
Granada de unos
treinta y cinco
personas. A las
diez y diez de la
mañana embarcamos
en un avión
con destino Barcelona,
donde llegamos a
las once y treinta,
arrastramos las
maletas un buen
trecho y subimos
en otro autobús
que no llevó
sin más dilaciones
a la puerta del
hotel Don Juan de
Lloret de mar. Había
pasado la primera
etapa de la odisea
vacacional.
Pasamos al interior
del hotel, y en
un gran salón
ante un mostrador,
en una fila interminable
de gente y maletas,
entregamos todos
los papeles necesarios
para nuestra estancia
allí. Me
tocó la habitación
506 o sea, 5ª
planta. Me retengo
un poco con la llave
en la mano buscando
con la vista a mi
mujer que si bien
al principio estaba
a mi lado ahora
no la localizaba,
pero antes de verla
un señor
especie de vigilante
del hotel me dice:
si ya terminó,
haga el favor de
retirarse del mostrador,
la orden era educada
y correcta, pero
fría y despojada
de la menor amabilidad;
y como yo le hice
caso omiso de la
rogatoria y seguí
oteando el horizonte
en busca de mi señora,
éste me asió
de la manga del
abrigo y tiró
de mí, con
suavidad pero con
energía.
Yo que estaba casi
en posición
de firme, me incliné
hacia donde tiraban
de mí, di
el paso para no
caerme y me quedé
con las piernas
abiertas, de tal
forma, que antes
se arrancaría
la manga del abrigo
que yo diera otro
paso, al mismo tiempo
que mi mirada se
posó en sus
ojos. Seguro que
lo que él
vio en los míos
no le fue muy halagüeño,
porque me soltó
enseguida, y yo
por mi parte me
aparté discretamente
del mostrador.
Subimos a la habitación
y mi mujer se quedó
de piedra. Las camas
estaban revueltas
como cuando yo la
hago, el ropero
parecía el
fogón de
una cocina de pelusa
negra. En un cajón
de una mesilla de
noche había
una compresa a medio
usar el suelo estaba
lleno de la misma
materia del ropero,
el cuarto de aseo
era un desastre,
sucio mal oliente,
sin toallas ni jabón,
ni na, de na, por
no tener, no tenía
ni un mal respiradero,
su único
desahogo era la
puerta, que si la
cerrabas te asfixiabas
dentro, y si la
dejabas abierta
se llenaba toda
la habitación
con su perfume de
rosas. Menos mal
dije yo, que este
hotel es de cuatro
estrella, que si
llega a ser de na
o dos.
Mi mujer salió
como un cohete a
reclamar al mostrador,
y se encontró
con casi todas las
mujeres de aquella
expedición
todas en el mismo
caso. Les dijeron
que lo solucionarían
en seguida, y a
otro día
a las cuatro de
la tarde aún
no había
aparecido por las
habitaciones ni
una jodida escoba.
Yo como se suele
decir bebo agua
en un charco, y
me adapto a todo
según las
circunstancias;
pero mi mujer es
otra cosa, se acostó
con una bata de
casa y puso una
toalla en la almohada,
aún así
no dejó de
gruñir en
toda la noche. Y
como se dice que
cada loco va con
su tema, yo por
mi parte bajé
al mostrador para
que me dieran otra
llave de la puerta,
porque mi mujer
siempre suele ir
por unos caminos
que no son los míos,
por lo que es muy
raro de que coincidamos
a la mis hora en
la habitación.
El señor
menudito y con bigote
se quedó
mirándome,
y me encasquetó,
que no me dijo,
lo que tienen que
hacer es dejar la
llave aquí,
en la consigna,
y asunto arreglado;
me cachifló,
que simpático
el tío joio
del bigotillo, pensé
para mis adentros,
y me fui de allí
cabitivo y pensabajo,
a buscar una ferretería
donde hacen dobles
de llaves, la cual
tiré al wather
el día que
me vine, pensando
en que ojalá
se atrancara con
ella.
En el capítulo
de la comida no
era un excepción,
pues todo allí
es armonía
de similitud: el
café de las
mañanas es
de leche en polvo
y sólo hay
una sola máquina
para dar de beber
a casi o quizás
pase de el millar
de almas, cuando
no le faltaba a
la dichosa máquina
agua era la leche
y cuando no, no
funcionaba, o faltaban
cucharillas, o platos
o yo que sé,
el caso es que siempre
había algo
que te faltaba.
En la comida del
mediodía
y la cena no estaba
del todo mal, era
barra libre, pero
con muy poca variedad
y muy reciclada,
por ejemplo una
salsa de ternera,
se te metía
por los ojos, pero
a la hora de comértela
no sabía
a nada. De postre
había muchos
confites, dulces
helados y de más,
en verdad que de
aquello estábamos
bien surtidos, pero
eso para la gente
mayor creo que no
era muy saludable;
sin embargo de frutas
del tiempo muy pocas
solo había
un par de cosas
para elegir, un
día tenías
peras y uvas, y
otros plátanos
y naranjas, y al
siguiente peras
y uvas. lo que no
estaba del todo
mal era la música.
Todas las noches
había un
grupo que tocaba,
y a bailar, pero
la mitad o más
de las piezas eran
muy ligeras y uno
ya no está
para eso pingos,
sin dejar atrás
el coyote y el gallo
no se qué,
que a mí,
no sé por
qué, no me
hace ni pizca de
gracia.
Como el aburrimiento
me comía,
de vez en cuando
me dejaba llevar
por mi mujer y sus
hermanas a misa,
que para colmo de
mis desventuras
era en catalán,
como debe ser, porque
así se les
demuestra a los
que van allí
desde el país
vecino, que quien
parte el bacalao
en aquella nación
son ellos. Si no
entiendes la palabra
de dios y sales
a la calle tan empecatao
como entraste a
la iglesia, pues
te aguantas, que
lo primero es lo
primero. Bueno,
esto es a grandes
rasgos mi experiencia
de estos viajecitos
que medio nos paga
el estado a los
jubilados. Una ganga
por fuera y una...
por dentro.