Yo
conocí al
tío Pepón
ya en la vejez encorvado
y achacoso, pero
contaba mi padre
que en sus buenos
tiempos era alto,
recio sin estar
gordo, y además
buen mozo; por lo
que al ser un hombre
más bien
fuera de lo normal,
en lo referente
a lo grande, la
gente del pueblo
le dio en llamarle
Pepón que
al pasar de los
cincuenta se le
agrego el de tío,
como suele ocurrir
en estos pueblos
del sureste; siendo
así como
yo le conocí,
el tío Pepón.
Estaba casado el
buen hombre con
una mujer de la
misma edad que él,
más o menos,
no tan alta y fornida
como él,
pero no por ello
dejaba de ser una
buena moza. Su nombre
era el de Mariana,
pero las gentes
le llamaban igual
que al marido, la
tía Pepona,
como es uso y costumbre
de estas tierras.
Aconteció
que un buen día
este hombre se encontró
por la calle a un
amigo de un pueblo
de los alrededores
con el que había
compartido en más
de una ocasión
sesiones de taberna.
Pasados los saludos
de rigor, y preguntar
el motivo que le
trajeron al pueblo,
el tío Pepón
se sintió
en la obligación
de invitar a su
buen amigo a unos
tragos, lo que supuso
que toda la mañana
se la pasaron bebiendo;
y llegado el mediodía
Pepón invitó
a su compañero
de vinos a su casa
para almorzar, a
lo que el otro aceptó
de buen agrado.
Y para la casa se
encaminaron los
dos a compartir
la mesa como dos
buenos colegas.
El tío Pepón
en su ofrecimiento
de almuerzo a su
amigo no contó
con que su mujer
estaría o
no de acuerdo con
tan noble ofrecimiento,
ni mucho menos esperaba
la reacción
de la tía
Pepona, porque de
haberlo sabido no
hubiera invitado
a su mesa a nadie,
así pues,
llegaron los dos
tan contentos a
casa de este último.
Lo primero que le
soltó la
mujer fue aquello
de: ya vienes de
beber vino, no te
dará vergüenza.
- Mira dijo el hombre
casi sin inmutarse,
vengo con un amigo
que encontré
en la calle y le
invite a comer.
- ¡a comer!...
y encima me trae
visita para que
yo le de el almuerzo
¡será
carota el tío!
Y se metió
en el cuarto como
una fiera. El amigo
se quedó
de piedra, no sabía
cómo responder;
pero el tío
Pepón ni
se inmutó
se agachó
al fogón
y cogió una
sartén que
estaba al lado de
una lumbre ya casi
apagada y la puso
encima de la mesa
con intenciones
de comerse lo que
había en
su interior, que
no era otra cosa
que unas migas rulonas
con tan mal aspecto
como mal sabor.
La visita no dijo
nada, pero en su
cara se adivinaba
su poca gana de
comer de aquello.
El tío Pepón
tampoco dijo nada,
dejo la sartén
en la mesa y se
metió para
el cuarto trastero
que servía
para todo y apareció
con un hermoso jamón
que quitaba el hipo.
- Esto está mejor,
dijo el convidado.
- menudo atracón
nos vamos dar, comentó
el anfitrión
con cara de satisfacción.
Pero
poco duró
su entusiasmo, porque
por la puerta del
cuarto apareció
la mujer armada
con una alpargata
y vociferando a
todo pulmón:
- ¡tío
sinvergüenza!
el jamón
que estaba guardado
para las fiestas
que vienen a casa
mi hija y mis nietos,
antes me dejara
yo matar que permitir
que le toquéis
al jamón.
Y antes de que el
Pepón pudiera
reaccionar tenía
encima la alpargata
dándole como
diría chiquito,
su merecido.
El amigo se sentía
como pez fuera del
agua, pero lo que
no comprendía
era que aquel hombretón
se dejara apalear
por la mujer y con
más razón
delante de un desconocido.
Pasado un buen rato,
cansada ya la mujer
de darle caña
al marido cogió
el jamón
y se dispuso a llevarlo
donde estaba antes
de que apareciera
en la mesa, pero
el marido con voz
enérgica
le dijo: ¡alto
Mariana! que ahora
me toca a mi, y
quitándose
el chaleco se lió
a chalecazos con
ella. El huésped
no salió
de su asombro, de
ver la manera tan
peculiar de pelearse
aquel matrimonio,
y más aún
cuando a cada chalecazo
del Pepón,
a la mujer se le
escapaba un alarido
de muerte. ¡Cómo
es posible que con
un simple trozo
de tela esta mujer
se duela tanto!
se preguntaba el
buen hombre mientras
el amigo seguía
sacudiendo el chaleco
en el cuerpo de
su mujer. No había
rincón de
la habitación
que no buscara la
agredida en busca
de protección,
pero el marido la
seguía sin
darle un respiro
al chaleco que se
ceñía
al cuerpo de la
infeliz con saña
diabólica
al tiempo que el
marido le decía:
aguanta joia, mira
como yo no dije
nada cuando me pusiste
la cara como un
san Lázaro
con tu dichosa alpargata.
Viendo el visitante
que la cosa se ponía
fea para la mujer,
aunque sin comprender
el por qué
cuando el chaleco
le caía encima
esta se retorcía
de dolor y aullaba
con un tremendo
desconsuelo, así
que se armó
de valor y se interpuso
entre los dos, al
tiempo que gritaba:
¡basta ya
hombre! Pero el
chaleco estaba ya
en pleno descenso
y el hombre recibió
el chalecazo en
mitad de las espaldas.
Este primero abrió
unos ojos como platos,
después trastabilleó
a pique de caerse
en redondo al suelo,
y por último
se le escapó
un ayyy de los que
hacen historia.
Su primera reacción
fue mirar al causante
de semejante golpe
en las espaldas,
con mala leche,
pero al ver que
en la cara de su
amigo había
tanta sorpresa como
en la suya le preguntó
algo más
tranquilo: pero
Pepón de
qué esta
hecho ese chaleco
que sacude como
la porra de un guardia,
- de tela no lo
ves, y extendió
la mano con la prenda,
la cual era lo más
normal y corriente.
Viendo que aquello
no tenía
solución,
y que la cosa ya
estaba bastante
tensa y agria, el
amigo decidió
marcharse; a lo
que dijo: - bueno
yo me voy, pero
el dueño
de la casa le interpeló:
- tú te quedas
que aún no
hemos comido. -
tú di lo
que quieras, pero
yo me voy, saltó
el amigo algo molesto
por la imposición.
Pepón se
quedó mirándolo,
y como viera en
su semblante la
firme decisión
de irse, sin decir
una palabra se metió
a la habitación
donde antes sacara
el jamón
y al poco apareció
por la puerta con
un enorme trabuco
que tenia el cañón
como una trompeta,
y apuntando al amigo,
le dijo:
- cuando yo invito
a alguien a comer
a mi casa este no
se va de ella sin
saciar el hambre,
así, que
a comer, y con el
cañón
de aquel destartalado
trabuco señaló
la sartén
de las migas. -
Ala, dijo, a comerse
las migas que se
enfrían.
El pobre hombre
no daba crédito
a lo que le estaba
ocurriendo; miró
a Pepón y
a través
de los moretones
de su cara producto
de los alpargatazos,
vio en ella la firme
decisión
de que había
que comerse las
miserables migas
de panizo y casi
sin aceite.
Puede figurarse
el lector de esta
historia cómo
se sentó
a la mesa aquel
hombre, y cómo
se tragaba las migas,
porque comer, lo
que se dice comer,
no comía.
En uno de los viajes
de la cuchara a
la sartén,
el hombre se quedó
mirando a Pepón,
y con cara de circunstancias
le dijo: no está
bien que yo me coma
todas las migas
y tú no las
cates, que al fin
y alcabo tu mujer
las hizo para ti,
y además
con mucho esmero.
- no te preocupes
por mí, ya
pillaré algo
por ahí dentro,
y señaló
al cuarto trastero.
Tú come tranquilo
que no quiero que
te vayas con hambre;
y cuando acabes
te vas, y procura
que yo no te vea
más por el
pueblo. - Pensé
que éramos
amigos le contestó
el hombre extrañado
por aquel casi repentino
cambio de actitud.
- Lo éramos,
pero ya no lo somos.
- pues yo que te
hice contestó
el otro perplejo.
- Te parece poco
los alpargatazos
que me dio mi mujer
y la paliza que
yo le propiné
a ella, y que a
punto estuvimos
de comernos el jamón
que tenemos guardado
para la navidad;
maldita la hora
en que me tropecé
contigo, porque
tú fuiste
el causante de todas
estas desgracias.
Evidentemente, pensó
el otro, que a éste
se le pasó
la borrachera o
se le está
pasando, lo mejor
será hacer
lo que dice se dijo
para sus adentros;
y siguió
comiendo migas con
las mismas ansias
de aquel que tiene
mucha prisa.
Una vez terminado
el contenido de
la sartén,
el Pepón
señalo la
puerta de la calle
y dijo: ala, a tu
pueblo, puesto que
si ya has comido
nada te queda que
hacer aquí.
El pobre hombre
miró al anfitrión,
después a
la mujer, que lo
miraba con cara
de pocos amigos,
después su
mirada se posó
en la boca del trabuco,
tan negra y oscura
como el cañón
de la chimenea en
la que se cocinaron
las migas que más
que comerse se zampó.
Así fue como
el hombre comprendió
que lo mejor sería
marcharse de aquella
casa; por lo que
se dirigió
a la puerta de la
calla sin decir
palabra, y una vez
en ella los miró
a los dos y dijo
con cierta timidez:
bueno hasta otra
y muchas gracias
por el almuerzo.
- ve con Dios le
dijo el Pepón
al tiempo que alargaba
la mano en la que
sostenía
el enigmático
trabuco, y apoyando
su ancha boca en
la hoja de la puerta
le empujó
con tanta fuerza
que el hasta entonces
su amigo del alma,
salió despedido
a la mitad de la
calle en un enorme
traspié.
Nota: como veréis
queridos amigos
lectores, el tío
Pepón no
dijo a su amigo
el por qué
el chaleco cuando
se pegaba al cuerpo
lo hacía
como una maza dejando
en él, unos
cardenales o hematomas,
dignos del mejor
de los gallados.
Pues bien, en esto
piensa el autor
de esta verídica
historia, que para
darle más
emoción y
colaboración
de todos, que seáis
vosotros los lectores,
los que piensen
el por qué
de semejante rareza.
Así pues,
si os parece bien,
decir en vuestras
respuestas el por
qué el chaleco
del Pepón
hacía tanto
daño. Es
muy sencillo, y
no tiene truco.
Ánimo.