Había una vez en una tranquila casa, una feliz familia, la cual pasaba su tiempo en el ir y venir entre los quehaceres de la casa y la convivencia con los convecinos del pueblo. En una palabra, que su vida trascurría en la más absoluta tranquilidad de cualquier familia de las muchas que integran la geografía de este país. Hasta que un día, se presentó en ella un señor de zapatos brillantes, manos de dedos largos y sedosos, traje impecable y fina corbata que ilustraba su linaje, con maletín de fino cuero, en cuyo interior había unos ilustrados folletos, propaganda de la telefónica; y cuando este señor representante abrió el lujoso maletín, y con su natural habilidad para con las palabras, como es habitual en las personas que se dedican a oficio tan palabrero, como es la representación, o más bien diremos el arte de hacer por medio de sus dotes de formas y palabras, que los demás compren aquello que ellos venden.

La familia quedó, como se suele decir, con la boca abierta, era maravilloso saber por boca de aquel sapientísimo hombre la de cosas que aquel pequeño aparato podía hacer y decir, y todo ello por una módica cantidad de dinero, que para colmo de la facilidad se pagaba en muy cómodos plazos. No hace falta ser muy adivino para comprender, que antes de la semana de haber pasado por aquella casa, aquel buen representante, la familia en cuestión ya tenía su teléfono instalado. ¡Y qué maravilla de teléfono, como se podía hablar con cualquiera y en cualquier sitio a cualquier hora! Se comunica uno con todo el mundo sin necesidad de moverte de casa. Te puedes poner de acuerdo con gentes que te llaman o que tú los llames. ¡Qué invento Dios mío, qué maravilla de invento! Y con aquel fascinante ingenio de la mente humana, entre timbrazos del teléfono y lo que por él se decía y oía, transcurrían los días de aquella familia de esta nuestra historia, narración o cuento, o como cada uno quiera ponerle de nombre, que éste que os la escribe, no se mete en lo que cada cual le llame como quiera, porque estima, que lo de menos es como se llame, si no el valor de lo que en ella se diga, y el ingenio de cómo se plantee aquello que se dice.

El caso es, que como el hombre tiene un lado bueno y otro malo, todo lo que él inventa o hace, tiene el mismo defecto de creación, por lo que el teléfono está dentro de esa regla de oro. Imaginemos algo muy corriente que en esta casa en la que se instaló este utilísimo aparato, en un porcentaje muy alto de veces, suena su timbre con su potente sonido imperioso y autoritario. Lo dejamos todo lo que en ese momento tengamos en las manos, o lo que estemos haciendo, para atender su inquisitiva llamada, y descubrimos después de descolgar que es un majadero que nos inoportuna con una simpleza; o que el teléfono esté en la salita y tú en el porche de la casa, en el jardín, o simplemente en la terraza, cuando llegas a él, se ha cortado, entonces te entra una desolación pensando quién sería, y hasta cuánto tendría de importancia la llamada. Pero el colmo de todo esto se lo lleva, cuando a altas horas de la noche el placentero Morfeo te mece entre sus brazos, transportándote en su dulce calma al edén de tu dormitorio, en el paraíso de tu cama; y cuando más dulce es tu descanso, un timbre lejano e insistente se mete en tus sentidos quebrando sin ningún escrúpulo ni respeto la dignidad del sueño. Tu consciente te ordena que obedezcas, con la lealtad que obedece el esclavo al dueño, pero tu subconsciente queda atrapado en los dulces brazos del todo poderoso Dios de los sueños, y en esa inquietud de dos deberes, queda suspendida la voluntad de la persona, que por aquello de no disgustar a nadie decide servir a los dos a la vez; y salta de la cama despavorido a la voz de su amo, mientras su otro amo, Morfeo, no termina de liberarlo de su sueño.

En la distancia de la cama al teléfono tropieza con mil y un objeto que parece que los duendes de la noche pusieron en medio para su fastidio, y al descolgar por fin el teléfono jadeante y medio dormido, se encuentra con una voz estrapajosa que parece venir del más allá.
- Qué injusto eres Manolo ¿por qué me has abandonado, acaso la otra es más buena y mejor que yo? ¿Acaso no te he demostrado con creces mi cariño?
- ¡Oiga, que yo no me llamo Manolo! Le contesta el hombre entre perplejo y jocoso, perplejo porque después de la Odisea de llegar hasta la meta de la carrera de obstáculos se encuentra que la llamada no es para él, y jocoso, por no ser él el tal Manolo para acariciar con alguna palabra de consuelo a la dueña de tan desdichado y mal correspondido amor. Y mientras el hombre se va haciendo a la idea de la situación, un llanto lastimero se introduce por su oído hasta llegarle al corazón, y nuevas palabras entrelazadas en el susurro de la misteriosa e intrigante voz le llenan los sentidos.
- ¡que amargo es vivir al lado de aquel que no te quiere! Pero más amargo es vivir sin aquel al que tú adoras. ¡Que tinieblas más oscuras, convivir con aquel que te ahoga y te maltrata! Pero que oscuridad más terrible, no estar con aquel del que deseas sus besos, sus halagos, y la ardiente pasión de sus caricias.
- ¡Señora! Que se ha equivocado, que yo no soy Manolo...
- Sí, ya se que no eres Manolo, pero he emborrachado mi alma para que diga la verdad, y no voy a dejar decirla ahora que hay alguien que me escucha.
- ¡Pero mujer, que son las tres y pico de la mañana!
- Para mí no hay tardes ni noches, ni días ni mañanas; para mi solo hay sufrimiento, amargor que tú me estás haciendo tragar.
- ¡Pero señora, que yo no soy...!
- No me repliques Manolo, no cortes el desahogo de mi alma. déjame, que aunque sea con la ayuda del vino diga lo que no puedo decir sin él, que encima del dolor de tu desprecio, tengo el tormento de mi silencio.
- No serán celos mujer...
- Ojalá fueran celos, que solo son sueños que son reales mientras estás dormido, y al despertar solo son eso, una quimera, una irrealidad que embota los sentidos, entre la frontera de la suposición y la verdad.
- ¿Y no será eso...?
- No, no es eso, es una verdad que se palpa con las manos, que se ve con los ojos, y que después de saberlo a ciencia cierta te rompe el corazón, y te destroza la vida dejándote a merced de toda la inmundicia que genera la desesperante impotencia. ¡Pero que hago yo contando mi pena y mi dolor a un señor que ni conozco! y para colmo, solo oigo su voz por este diabólico aparato. Y acto seguido solo se oyó el tic, tic de haber colgado el aparato.

Ante una situación como ésta, cualquiera siente rabia. Primero por la chica, después por la de Manolos que pueblan este mundo, luego por lo desagradables que son estas cosas, sobretodo a media noche. ¿Quién no sería capaz de coger el teléfono y acabar con él en el cubo de la basura, pensando que ya nunca más te molestará con su inoportunidad, y que por fin dormirás
tranquilo? Pero eso no lo conseguirás, porque según aquel señor de aquella historia, no pudo pegar un ojo, pensando, en quién sería aquella mujer, de donde sería, y que pasaría con ella.