Querida
troiska, que suerte
tienes de tener
un amigo tan agradable...
no sabes lo que
te envidio. Yo nunca
tuve semejantes
compañías.
Pero sí que
hará cosa
de un año
más o menos
tuve un percance
con un dichoso mochuelo,
te cuento: tengo
una pequeña
finca bastante lejos
del pueblo con lo
que por aquí
llamamos cortijo,
y un día
que andaba yo trabajando
allí para
mantener aquello
lo mas apañado
posible. Ya por
la tarde me dio
frio por lo que
encendí la
chimenea con una
buena fogata, me
senté en
una buena mecedora
algo vieja, pero
muy cómoda,
y así, sumido
en mis pensamientos
más placenteros,
me acurruqué
con ellos para seguir
en sueños
la dicha de su recreo
en un estado más
íntimo. Ignoro
el tiempo que Morfeo
me estuvo meciendo
en tan placentero
estado; pero al
abrir los ojos medio
aletargado aún,
vi en la leja de
la chimenea unos
ojos fijos en mí,
que sería
porque mi subconciencia
aún no estaba
demasiado despierta,
o por el tenue resplandor
de la ya casi apagada
candela, el caso
fue, que aquellos
ojos me parecieron
dos enormes brasas
sacados del infierno
por el mismísimo
lucifer.
Y al espertugón
de miedo que pegué,
aquel diabólico
ser salio como una
exhalación
por encima de mi
cabeza.