Allá por el año cincuenta, en el segundo quinquenio de su década, más o menos: mi padre fue al banco Popular, para como era costumbre por aquel entonces, pedir un pequeño préstamo; y digo pequeño, porque en aquellos años se apañaba uno con muy poca cosa. Como era de rigor, para una cosa así había que hablar con el señor director de la entidad, a cuyo fin tenía un lujoso despacho como es la tónica de toda empresa que se precie, pues bien, allí se empezaron las negociaciones de aquel préstamo tan necesario para mi padre como beneficioso para el banco.

Siempre se ha dicho, y la gente así se le cree, que en toda conversación el tabaco rompe el hielo; así que, en los primeros momentos de charla, hizo su aparición el tabaco. El señor director sacó su bonito encendedor chapado en oro, y se dispuso a encender el cigarro, pero le ocurrió, lo que les ocurría a todos lo encendedores de aquella época: que fallaban más que una escopeta de caña, así que frunció el ceño y se dispuso a llamar a uno de sus subalternos para que le trajera algo con qué encender. Se pasaron unos minutos, y como el empleado no venía, mi padre se dispuso a encender con sus propios medios, y los medios eran: un trozo de tala de madera de unos cuatro centímetros de largo, por otros tantos de ancho, y unos dos escasos de grueso, en cuyo centro tenia incrustado un cilindro del grueso de una upa de siete de las que usan los carpinteros, y que sobresalía de la tabla una décima escasa. Se volvió a meter la mano en el bolsillo, y sacó un trozo de mecha gruesa, hoy muy escasa, pero que antes era muy corriente, porque se usaban para los encendedores de mecha, muy populares entre la clase pobre, porque además de ser económicos, tenían la facultad de no fallar nunca. Mi padre siguió sacando de su bolsillo un pequeño trozo de cristal, procedente quizás de alguna ventana rota, y un canuto de caña de unos cinco o seis centímetros de largo, y un grueso parecido al de la mecha. Una vez que tuvo en sus manos todas aquellas piezas, se dispuso hacer fuego como lo haría un cavernícola en los tiempos de matusalén. Puso la yesca encima de la tabla a unos milímetros de su centro y con el trozo de vidrio rasco suavemente, pero enérgico el trozo de cilindro del centro de la madera, y de ése salieron unas chispas de fuego que se pegaron en la yesca, comenzando ésta a salir ardiendo, poniéndose en estado incandescente cuando mi padre dio un par de soplidos sobre la mecha, acto seguido aplicó el cigarro sobre ella y éste quedó encendido satisfactoriamente. Una vez encendido el cigarrillo cogió el canuto de caña y metió la mecha en su interior lo taponeó con el dedo unos segundos y la mecha se apagó dentro del canuto de caña.

Para mi padre aquella operación era de lo más rutinario puesto que cada vez que se fumaba un cigarro hacía lo mismo, y yo puedo asegurar que era un fumador empedernido. Pero para el señor director aquella forma de hacer fuego, o mejor dicho aquella especie de encendedor tan rudimentario como eficaz, le pareció chocante, y de la admiración pasó al interés de cómo funcionaba aquello.

Lo primero que empezó a examinar fue la mecha, el canuto de caña y el cristal, después le tocó el turno a la tabla de madera la cual tocó, miró y remiró, y terminó diciendo: pues verás, a mí me gustaría tener un encendedor de esta clase, porque tú sabes que aquí vienen gentes de todas las clases. Gentes sencillas del pueblo, que si se les rodea de mucho lujo y se les habla con un lenguaje fino se sienten incómodos, y muchos negocios no cuajan bien por culpa de ese problema: así, que yo quiero tener un encendedor de esta clase para cuando se presente la ocasión ofrecer un celtas y darle fuego con éste aparato.
- Mechero, dijo mi padre, esto se llama, mechero.
- Bueno, dijo él, pues darles fuego con este mechero.
- Y no veas el vacilón que me voy a pegar cuando vengan los señoritingos de la capital que algunos no han visto el campo nada más que en películas y vean mi encen... bueno, mi mechero, me voy a tronchar de risa. Así que me vas a decir cómo se hace, y en especial lo que hace que salte la chispa de la tabla porque lo otro es cuestión de rutina .

Mi padre en su simpleza, no sabía qué pensar de aquel hombre con respecto a lo de la pieza del centro de la madera que producía la chispa con el simple roce del vidrio y pensó para sus adentros: este chupatintas se piensa que en los pueblos somos tontos del culo, y no solo que lo piensa, sino que nos trata como si ya lo fuéramos y está cachondeándose de mí con la dichosa tabla y su lumbre, ¡pero, y si de verdad no sabe lo que es ... ! ¿Sería gracioso que todo un señor director del banco popular, con lo listo que tiene que ser no se haya dado cuenta de lo que es, con tanto manoteo mirar y remirar que le tiene a la tablilla?
- Bueno, lo dicho, dime cómo haces esto para que haga chispas, dijo el director. Viéndose mi padre bañado en aquel inmenso mar de dudas de lo que sería o dejaría de ser el banquero, y ante el apremio de responder rápidamente, optó por hacer lo de ese gran refrán popular que cuando uno no entiende al que le está hablando, dice aquello de... "En la tuya por si acaso" así, que dijo: Bueno, hombre esto es muy sencillo,
coges una upa, le cortas un trozo de un centímetro o así, y lo clavas en la madera dejándola un poquito fuera para poder rascarle con el vidrio. Luego, pones la mecha cerca de él para que con la chispa se encienda, ¡y ya está!
-- Y ya está ... - ya está.
-- Y el canuto de caña...
- Ah, bueno sí..., es para apagar la mecha. La metes en el canuto y ella sola se apaga.

Ni qué decir tiene que el resto de la conversación fue para el préstamo que mi padre había ido a pedir, prometiendo al director que no se preocupara porque él lo iba a tomar como un asunto personal, saliendo mi padre del banco mas alegre que unas castañuelas.

Le había prometido al director que en una semana tendría el dinero, y había pasado mas de un mes y no tenia señales de él.

Así que, mi padre con la mosca en la oreja se fue para el banco y al ver lo que pasaba, pidió ver al director y en seguida lo pasaron a su despacho.

El señor director estaba sentado en su brillante sillón de cuero fino, con tan mala cara, que a mi padre se le hizo un nudo en la garganta e inmediatamente intuyó que algo no iba bien, confirmando sus temores la voz del banquero que en tono agrio le dijo: - El otro día me engañaste y me has dejado como un idiota ante los demás.
- Perdona, dijo mi padre, pero no comprendo la causa de tu enfado, y en ésto tenía razón , porque por más que se esforzaba no encontraba el motivo de aquella actitud; pero su interlocutor lo sacó de sus dudas al decirle:
- ¿Con que no lo sabes? Y metiendo la mano en un cajón de su lujosa mesa sacó un piñado de tablillas en las que no había menos de diez o doce. Llevo más de un mes clavando pues de todas las formas y tamaños en las tablas, y ninguna de ellas ha dado chispas, por lo que he llegado a la conclusión de que no harían fuego ni en el mismísimo infierno. Y allí te voy a mandar para que te den el préstamo. Y mientras hablaba iba rompiendo la solicitud del mismo . Porque de mí no se ríe nadie, y menos un cateto de pueblo como tú, que no sabe ni cuándo tiene que quitarse la gorra. Tenía razón en lo de la gorra, porque en los hombres de pueblo el que tenía la costumbre de llevarla es muy raro que se la quite ante nada ni nadie, y mi padre no era la excepción.

Mi viejo que siempre ha tenido y tiene, un criterio muy serio de la razón, la justicia, igualdad y verdad. Así que, mientras aguantaba aquel chaparrón de injurias e insultos mal sonantes, mandó al infierno el préstamo, y libre ya de la carga que suponía la influencia del mismo en su conciencia se dispuso a tomar la palabra en lo que él pensaba que era su turno de réplica.
- Escúchame, pavo real, no me quito la gorra ante ti porque mi padre estuvo en la guerra de Cuba, y por sus actos de heroicidad lo hicieron caballero cubierto, título que al morir pasó a su primogénito que soy yo, y por si los señoritingos como tú no sabéis lo que es eso, te diré, quien tiene ese titulo puede estar delante de todo el mundo sin quitarse el sombrero, o lo que lleve en la cabeza, incluso del mismísimo rey. Y si el mismo rey no puede quitarme la gorra, ¡quién eres tú para decir que me la quite! Y con referencia a lo del mechero, cómo iba yo a saber que el señor director de un banco fuera tan copio que no sepa ni se de cuenta de lo que va clavado en la tablilla cuando el tonto más tonto de cualquier pueblo lo sabe. Alégrate de que tus superiores de la central no se enteren de ésto, porque si se enteran a lo mejor te ponen a hacer mecheros de propaganda, y alégrate también de que yo te tomo por tonto porque si te tomara por listo ya tendrías la cara como un tomate de tanto guantazo, y estarías haciendo la digestión de los papeles del préstamo que acabas de romper, ¡listorro de capital! Y dicho esto salió del banco, en tal estado, que detrás de él iba dejando un rastro de humo.