Voy a contar lo que me sucedió no hace mucho con mis dos nietos mellizos de seis años de edad, y que a mi juicio es digno de mencionar aquí: como tengo la tendencia de ser cachondo, cada vez que mis nietos, o casi siempre que voy a visitarlos pues viven a unos veinte kilómetros de mi casa, cuando estos me preguntan que de dónde vengo o dónde voy les contesto que de cazar burros mohínos, y ellos que no ven el cachondeo me preguntan que cómo es esa caza, y en eso se desborda mi imaginación. Les cuento, o contaba, con todo género de detalles la práctica de tal deporte. Lo primero, les decía yo tan entusiasmado al contarles aquella forma de cazar, como ellos al escucharla. Hay que escoger un sitio donde halla burros de esa clase, después procurar de que ellos no te vean, porque si no, se irían corriendo, luego ponerte al lado contrario de donde venga el viento, porque de no ser así, debido a que tienen el olfato muy fino te olerían, y también se marcharían, y lo más esencial de todo, es acercarse a ellos todo lo despacio y agachado que se pueda, y una vez conseguido estar a la distancia adecuada, ¡zas! Lanzar el lazo a estilo indio, o mexicano, y una vez atrapado el borrico llevártelo contigo.

Una vez me contestó luis: mi abuelo Ángel caza las perdices a tiros con su escopeta, a lo que Miguel Ángel le replicó: porque las perdices son más pequeñas que los burros, a que sí, abuelo, -claro le dije yo con severo aplomo. Pero como el cántaro que mucho va a la fuente termina por romperse; una de las veces que mi hija escuchó la famosa caza el burro mohíno, me encasquetó: a ver cuándo te los llevas un sábado o un domingo a esas correrías tan divertidas, y así nos apañamos todos, yo sin ellos, y tú con ellos. Total, que entre la madre y los hijos concertaron que para el domingo siguiente ir de cacería; pero el viernes me llama la madre y me dice que vaya a recogerlos y de paso pasarnos por la tienda de ropa para comprar el equipo, y yo tonto fui, y digo esto porque su abuelo paterno se encargó de meterles en la cabeza, que para tal evento se necesitaba un equipo especial, y el mismo en persona como entendido en la materia, fue con ellos a la tienda a escoger el equipo; así que cuando yo llegué a la tienda ya estaba todo preparado, hasta la cuenta de lo que aquello valía. Desde las botas hasta la gorra, incluyendo cantimplora y unos prismáticos; y lo peor, por partida doble. Nunca me imaginé lo que valía un pantalón tan pequeño lleno de manchas marrones y medio grises, así que salimos de la tienda, ellos tan contentos y felices con su atuendo, y yo con mi garrotazo en el bolsillo.

Y como dice el refrán que no hay dos sin tres, al llegar a casa nos encontramos con la otra nieta hija de mi hijo José Luis, mi Saray, que viene a tener un año más que ellos, y que al contarle con tanto entusiasmo y regocijo que vamos de caza, la niña dice que se apunta, que necesita para ello un equipo como el de los primos. No podéis imaginar por mucho que lo intentéis saber con la alegría que hice el recorrido desde mi casa hasta la tienda con la niña para que escogiera su equipo de camuflaje, que como toda mujer se fijaba más en los perifollos que en la valía o comodidad práctica de la ropa.

A las cinco de la mañana del día siguiente, estaban los tres encima de mi cama tocándome diana. Venga abuelo que ya es muy tarde, me decían los tres casi a coro, venga que si no estamos allí antes de que se haga de día los burros nos verán llegar y se marcharan al vernos. Yo los miraba atónito, no sabía si reír o llorar; así que con más mala gana que buena, los metí a los tres en la furgoneta y nos pusimos en marcha. Salí a la carretera sin saber qué camino tomar, hasta que pensé que lo mejor sería ir a un sitio conocido, puesto que en el campo que no conoces nunca sabes de dónde te puede venir el peligro, y mucho más para gente tan traviesa. Así, que después de andar un buen rato por caminos tortuosos y endiablados vericuetos, llegamos a donde a mí me pareció el sitio idóneo para comenzar la caza y captura de los dichosos burros mohínos. Una pequeña finca que hacía un tiempo era mía, y que yo había vendido hacía poco. Solo teníamos que subir unos cincuenta o sesenta metros por la ladera de un cerro, para desde su cúspide ver un hermoso valle todo plantado de olivos y parras de viña; entre las que se destacaban de vez en cuando algún pequeño cortijo.

Hacía rato que había amanecido, la temperatura era buena y todo daba a indicar que el día sería bueno. Yo por mi parte inspeccioné el terreno para ver si no había peligro para mis cazadores y al ver que todo parecía normal, les dije: acomodaros bien y con los prismáticos miráis para ver si hay por aquí algún burro, mientras yo me acomodaba recostándome en un gran peñasco, que si no era lo más como si era ideal para reposar con las espaldas pegadas a él. Y quizá por el ajetreo de la mañana, por el madrugón, o sabe Dios por qué, el caso fue que me quedé medio dormido. Quiso la mala suerte que en esas entremedias mis niños avistaron por el catalejo allá en la lejanía del verdor de la campiña, un burro; y en su eufórica alegría, salieron corriendo para su caza y captura, sin contar conmigo para nada.

Según parece llegaron al lado del borrico con todas las precauciones y sigilo que yo les había inculcado; y una vez a tiro lanzaron la cuerda con tanta precisión que el asno quedó atrapado por el cuello, para gran regocijo de ellos. Claro que dicho sea de paso, el jumento estaba más domado que los leones de un circo, agravando más su poca movilidad los muchos años que arrastraba el animal, pero claro, esto los cazadores de burros mohínos no lo sabían; como tampoco sabían que aquél cuadrúpedo tenía dueño, que a la algarabía que formaron los niños salió de su cortijo para ver qué ocurría, quedando el hombre de una pieza, al ver que tres chiquillos se llevaban su burro, a pesar de las pocas ganas que éste tenía de irse con ellos. Lo primero que dijo el hombre fue: ¡eh, niñossss! Dónde váis con el burro, y ellos lejos de amilanarse contestaron: -que lo hemos cazado y nos lo llevamos a nuestra casa. -como que lo habéis cazado replicó el hombre en la mayor de las extrañezas. -sí replicó la niña, nuestro abuelo nos enseñó a cazarlos. Como el hombre viera que no paraban de andar y que no tenían la más mínima intención de hacerlo, les replicó con contundencia: dejaros de tontunas y soltar al animal ahora mismo. ¡Sí claro! nosotros lo cazamos y usted se lo lleva, ¡mira qué mamio! si quiere uno, va y lo caza, y no quiera el nuestro, le contesto la niña con un aplomo que no dejaba dudas de que no dejarían su presa así como así. El hombre medio confuso por todo aquello, intentó coger la cuerda con la que tiraba la niña para así parar la marcha, pero los tres se le encresparon hechos una furia, de tal forma, que el dueño del animal pensó que mejor sería no meterse con ellos porque quizás, si les daba algún mamporro sería perjudicial para él, puesto que al fin y al cabo eran unos chiquillos. La niña por su parte le dijo a uno de sus primos: ve y llama al abuelo, y dile que hemos cazado un burro, y que un hombre nos lo quiere quitar, ¡venga corre!

El niño me dio un susto de muerte, pues desde que subió a la loma donde instalamos el puesto de mando empezó a llamarme a voz en grito: abuelo, abueloooooo, despierta. Me desperté y al verlo con tanta prisa y a punto de desbocarse, pensé, ¡ya se me ha fastidiado alguno! pero antes de que yo le preguntara que pasaba, el me dijo: abuelo, hemos cazado un burro, un burro. Contesté sin asimilar lo que me decía. -sí pero un hombre nos lo quiere quitar, ven, corre, y dando media vuelta empezó a correr ladera abajo. Aún sin entender mucho lo que pasaba salí detrás de él; y al cabo de un poco vi a mis niños tirando del burro y al tío Luis Alias que así se llamaba el hombre, vociferando y renegando detrás de ellos.

Al principio no salía de mi asombro, pero luego me dominó la risa, puesto que el cuadro se lo merecía. El tío Luís que no sabía nada de la caza de los burros mohínos, y mis nietos que no sabían nada de nada, y lo miraban como a un ladrón oportunista. El buen hombre, en su cacao, se me acercó y me dijo: no sé dónde está la gracia para tanta risa, así que ya me estás explicando que es todo esto, -pues claro tío Luis, yo se lo aclaro todo este embrollo, pero deje que los niños jueguen con el animal, y acto seguido les dije a ellos: dejar que el burro coma en el campo y después lo lleváis al cortijo para que beba agua, y ojo con él que no se escape. Los chiquillos asintieron, y el tío Alias y yo nos fuimos para la casa; y por el camino le expliqué al buen amigo la odisea de la caza de los burros mohínos. -Eso no se le ocurre a nadie nada más que a ti; ahora comprendo lo que me decían los zagales.

Nos fuimos para el cortijo donde la mujer de Luis, Pepita la cordobesa, ya nos estaba esperando en la puerta, que al parecer me conoció de lejos. Al llegar a su altura ésta se deshacía en halagos y preguntas de cómo estaba yo y toda la familia, ya que hacía más de tres meses que no nos veíamos, y después pasó a preguntar por el motivo de tan inesperada visita como accidentada. En este punto el marido se adelantó al contestar a la pregunta que con tanta curiosidad femenina me hacía la mujer. Pues verás, aquí el señor fantasioso no tuvo mejor cosa que inventar, que la caza de burros, así que se trajo a los nietos para adiestrarlos en tan singular cosa, y no se le ocurrió cazar a otro burro que al nuestro. Y de esa manera le fue contando los pormenores de su encontronazo con los supuestos cazadores. -Pero hombre de Dios, como se te ocurrió enfadarte con los niños, le interpeló la mujer. -acaso yo sabía lo que ellos hacían, y quién eran ellos, y todo ese rollo de la caza de los jumentos; si al menos el hubiera ido con ellos, pero no, estaban solos llevándose el asno, ¡y con qué agallas.! La mujer soltó una risotada. ¡los niños cazando nuestro burro! Qué gracia tiene la cosa y los tres no reímos a coro contagiados de su risa.

Anda, me dijo mientras se secaba las lágrimas que por el efecto de la risa salían de sus ojos resbalando por su cara, llama a tus cazadores que estarán hambrientos. Mientras yo llamaba a los nietos ella preparaba la mesa para el desayuno de todos. El Alias hablaba por el móvil con su hijo para que viniera a la reunión, que al cabo de unos minutos estaba allí con tres chiquillos más o menos de la misma edad de los míos. Los niños se atiborraron de galletas y leche con cereales en medio de una impresionante algarabía; mientras los mayores nos reíamos de mis extravagantes ocurrencias.

Una vez terminado el desayuno, los niños se fueron con el burro mohíno donde parecían más felices que un marrano en un charco, mis nietos les enseñaban a los otros como se cazaban, de forma que al pobre burro lo cazaron más de veinte veces. Los mayores por nuestra parte no fuimos a ver la nueva plantación de olivos que el tío Luis y sus hijos pusieron el año anterior. A
nuestro regreso vimos a los niños, la mitad de ellos montados en el borrico y la otra mitad tirando de él y azuzándole para que andará más de prisa. Jamás vi a estos nietos míos gozar tanto con sus juegos, dijo el abuelo mientras los miraba con gran regocijo, - pues anda que los míos que desde las cinco de la mañana aún no han parado, le contesté casi con el mismo entusiasmo, -pues esta noche no van a tener pesadillas, ni los unos ni los otros, dijo el hijo; no hay nada mejor para los niños que el juego sano al aire libre del campo, nos comento el viejo mientras caminábamos a la casa cortijo.

Hombre llegáis al tiempo justo, las migas estan a punto. ¡Madre mía! Entre la madre y la hija habían hecho una sartén de migas que como se suele decir, no las saltaba un galgo; con su pimentón, sus pimientos fritos, sus tajadas de panceta frita que se metían por los ojos, y un porrón lleno de vino tinto del país que resucitaba a los muertos, y lo más típico de todo, que Pepita puso las estrébedes en medio de la cocina, y encima la sartén con las migas, hizo un hoyo con la cuchara en el centro de la migas y metió en su interior un tazón lleno de pimentón; nos dio una cuchara a cada uno y dijo: a la mesa, a comer. Aunque previamente había sacado en unos platos lo que los niños se comerían, que en ese momento entraban por la puerta con un enorme vocerío.

Nada podía decirse aquí acerca del buen comer, puesto que todo lo que se dijera no sería lo suficiente y se quedaría corto, ante el placer de comerse unas migas, como se comían en tiempos de nuestras abuelas. En fin, que lo pasamos felices y comimos migas, que los niños se lo pasaron en grande, y que el tío Luis Alias y sus nietos nos emplazaron para el domingo siguiente ir otra vez a la caza del burro mohíno.