Voy
a intentar explicar
lo que me aconteció
hace un par de años
en un balneario,
y que gracias a
aquello pude apreciar
la condición
del género
humano.
Desde hace unos
cuantos años
me voy a un balneario,
a pasar allí
unos quince días,
cosa que me va muy
bien, me tonifica
y parece que los
resfriados me atacan
menos. Pero yo creo
que lo que me va
bien de eso es el
ocio y la tranquilidad
que allí
coge mi espíritu;
sea como sea el
caso es que esos
días en aquel
sitio me van de
maravilla.
Tengo que bajar
a los sótanos
del balneario a
tomar unos humos
o vapores que según
el médico
van bien para los
pulmones y acto
seguido me voy a
una especie de ducha
algo muy peculiar
puesto que ésta
consiste en ponerte
de pie al fondo
de una habitación
de unos tres metros
de larga por unos
dos escasos de ancha
y desde la puerta
de la misma un empleado
con una manguera
de agua caliente
con un dispositivo
en el extremo como
los que se usan
para el jardín
el cual regula la
presión del
agua, te da una
especie de masaje
y ducha; pues bien,
aquel día
en cuestión
me tocó una
mujer darme aquella
rutinaria ducha.
Se trataba de una
mujer metida en
años pero
no tantos como pa
que no fuera deseable,
pues como se dice
en el argot taurino
esta tenía
trapio, en una palabra,
que era puro jamón
serrano. Mientras
yo me quitaba el
albornoz y me ponía
en posición
ella manipulaba
la manguera, y por
un puro accidente
ésta se descontroló
de tal manera que
la pobre mujer se
mojó toda
la delantera de
su vaporosa bata
blanca; y cuando
yo ya en el sitio
adecuado para recibir
el agua miré
para ella, el corazón
me dio un vuelco:
estaba delante de
mí con la
bata pegada al cuerpo
dejando traslucir
sus majestuosa anatomía
sus contorneados
muslos, su tangas
negro que más
que tapar destapaba
los instintos de
la imaginación,
sus pechos firmes
y tangibles con
sus pezones que
al contacto con
el agua y la bata
se habían
puesto en erección.
A la vez mi reacción
tan lógica
como normal, porque
se diga lo que se
diga uno no es de
piedra, ella se
sonrió con
una sonrisa melosa
y se encogió
de hombros como
queriendo decirme:
yo no tengo la culpa
fue de esta jodida
manguera, yo acepté
con otra sonrisa
y la sesión
de masaje y ducha
comenzó.
La lengua de agua
salió disparada
hacia mi cuerpo,
y fue mi estómago
el que la recibió
se desplazó
lentamente hasta
parase debajo del
ombligo marcando
un sedoso hormigueo,
miré a la
causante de aquello
y me tropecé
con una mirada coquetona
y pícara
a la vez, y acto
seguido el chorro
de agua empezó
hacer un arco de
herradura entre
mi vientre y mis
muslos, y como consecuencia
de aquella complicidad,
mis hormonas se
dispararon; mi miembro
comenzó una
frenética
carrera de levantamiento.
Intenté por
todos los medios
parar la carrera,
pero nada me obedecía,
aquello seguía
su ascendencia,
y de qué
manera, y el chorro
de agua que lo animaba,
solo vi la solución
dándome la
vuelta, así
que, en un movimiento
rápido me
puse de espaldas,
pero oí su
voz que me pedía
por favor que volviera
a mi anterior postura,
negué con
la cabeza pero ella
seguía insistiendo,
así que ladeé
la cabeza y le dije:
no, no puedo, y
a la vez pude ver
su cara marcada
por una sonrisa
burlona y bonachona.
El agua seguía
en mi espalda, pero
lejos de aplacarme
me enardecía
más, bueno
me dijo medio burlona,
al menos ponte de
lado porque si no,
no acabaremos nunca.
A regañadientes
me puse de lado,
pero fue peor el
remedio que la enfermedad,
de lado el sobresaliente
se hacía
más abultado
la volví
a mirar y esta vez
me pareció
que estaba haciendo
cálculos
de cuál sería
su tamaño,
me encogí
de hombros como
ella hiciera antes
y en su sonrisa
vi su asentimiento.
Me mandó
ponerme del otro
lado y así
lo hice, pero para
ello me puse de
frente y luego del
otro lado. Nuestras
miradas se cruzaron,
la suya pasó
de largo hacia mi
sobresaliente y
la mía buscando
sus marcadas curvas,
mientras el chorro
del agua seguía
barriendo mi cuerpo.
En un segundo el
agua perdió
potencia y el chorro
de la misma se centro
en mi protuberancia,
y un sensación
de placer me corrió
por toda la espina
dorsal y en menos
que canta un gallo
llegue al éxtasis.
El agua de la manguera
estaba golpeando
en la pared y la
manejadora de ella
estaba apoyada en
el quicio de la
puerta, con la mirada
perdida y so llorando
en medio de una
pequeña agitación,
sin mirarme me dijo:
aquí tienes
la manguera, lávate;
y salió de
allí como
alma que lleva el
diablo.
Así fue como
por arte de magia
hice el amor mediando
entre mi pareja
y yo una distancia
de tres metros;
algo que ni me pasó
nunca antes, ni
creo que me pase
después.