En un pueblo de Almería perdido en un valle rodeado de montañas, existía no hace mucho tiempo un acalde cuyo nombre no me es grato recordar, no porque me fuera antipático, sino por aquello de que nadie es profeta en su pueblo, y tanto él como yo no reunimos las condiciones necesarias para ser dignos de tan virtuoso calificativo.

Estimo yo, que el señor alcalde no es digno de tal mención, porque como todo buen político que se precie, tiene esa rara habilidad de prometer mucho y dar muy poco, cualidad esta, que si bien es buena para ciertas cosas, es mala para otras, por lo que se queda a medio camino entre lo bueno y malo, pues de ese centro hacia el extremo del buen hacer queda una larga fila de detractores, que con su opinión desfavorable no dejan alcanzar el suficiente prestigio para la distinción de profeta; aunque toda la corte de sus privilegiados simpatizantes, y amigotes, se empeñen en lo contrario, pues es de sobra conocido, que para llegar a la sabia perfección de la maestría, es condición indispensable que todo nuestro haber sea perfecto y favorable.

En cuanto a mí, el hecho cambia de forma pero no de sentido, puesto que ocurre lo mismo de siempre, la gente dice: ¿Quién, fulanico? Ese es incapaz de hacer algo útil, y por mucho que seas, para ellos no eres nadie.

Pues bien: en mencionado pueblo de tan buen nadador alcalde, que en el agua no mojaba ni el bañador, había un hombre, el cual después de pasar a la jubilación de la vejez, le dio por escribir algunos cuentos y ensayos de teatro con alguna que otra noveluja, y aunque este amante de las letras no tenía mucha relación con ellas, puesto que su conocimiento de éstas, en un cincuenta por ciento largo, lo adquirió de los libros que en sus ratos libres leía, y el resto, de la inspiración que el Sumo Hacedor puso en sus genes. El caso era que a decir de los que hojeaban aquellas, cuartillas, que éste emborronaba se podían leer. Siendo una de estas historias la que llevó a este señor a intentar ser profeta en su propio pueblo; y aunque conocía la profecía que instituyera nuestro Señor Jesucristo por haberla sufrido en sus propias carnes, él, guiado por el noble entusiasmo que todo ser humano siente en su corazón cuando cree que puede hacer algo que pueda servir de utilidad a los demás, se embarcó en la frágil barca de las ilusiones humanas, y como era de esperar aquella barca se hundió en el mismo momento que puso sus pies en ella, dejando sentado por ello, que lo que dijo el Hijo de Dios de su pueblo, es la infinita verdad.

Se había convocado un pequeño concurso de poesía y prosa corta en una superficie comercial del pueblo, en donde este hombre participó con un pequeño cuento, el cual gano el primer premio. Pero no fue el premio lo que le movió a intentar promocionarlo, si no que personas muy cercanas a la literatura, entre ellos maestros de escuela de los alrededores que leyeron aquel cuento insistieron en que se andarán los pasos para que aquella obra no quedara en el olvido de la oscuridad, animando con todas sus fuerzas a que éste buscara medios para su publicación.

Como este hombre carecía de recursos y experiencia para tal evento, estos buenos señores con toda la buena fe del mundo, aconsejaron que se dirigiera al alcalde de su pueblo, para que a través de su influencia dirigirse a los órganos de gobierno competentes en tales asuntos.

Y cargado con tan buenos y razonables consejos, el hombre se dirigió al ayuntamiento con la quimérica esperanza, de ver en la buena fe de los de más cumplirse el sueño de sus ilusiones; sin llegar a percibir ebrio de fantasía, que lo que en su día Dios dejó sentado como un hecho consumado, no puede ser rectificado por los hombres.

- Señor alcalde, dijo el protagonista de esta historia, una vez que este tuvo la gentileza de recibirle: estoy aquí por que he escrito un cuento, y a decir de los medios entendidos en esta materia parece ser que podría editarse.
- Algo he oído respondió él, pero el caso es que con el premio de novela que damos cada año, esos fondos están agotados, y si pido para otra cosa, en ese organismo me van a crucificar, pero como es para algo que parece interesante, voy ha hacer todo lo que pueda por conseguirlo, y si no todo, algo nos darán, porque lo que falte yo me encargo de ponerlo.
- Pero eso sería algo que el ayuntamiento tendría que asumir de sus fondos, y no creo yo que lo poco que tiene lo gaste en esto, dijo el hombre atónito ante tanta facilidad de ayuda. - No te preocupes que el ayuntamiento no lo paga, dijo el señor alcalde orgulloso de su posición. Al que se sienta aquí, dijo refiriéndose al sillón en el cual su cuerpo reposaba, tiene muchas puertas abiertas, es cuestión de saber entrar por la adecuada; así que no te preocupes, deja esto en mis manos, que otras cosas mas difíciles se han solucionado. Tráeme una copia del cuento y déjalo de mi cuenta.

Figuraos la alegría de este hombre cuando salió del ayuntamiento; su satisfacción no tenía límites, le pareció que el cielo era más azul, que el sol brillaba como nunca jamás había brillado, que las raquíticas flores de las jardineras de la plaza formadas en ramilletes de múltiples colores, exhalaban sus olores y colores a los cuatro puntos cardinales de la plaza, acariciando con su aroma el cálido soplo del aire como acarician los labios los besos de los amantes. Y aquella hermosa mañana la plaza le pareció, con el azul del cielo, la luz del sol y el color y la fragancia de las flores, un trozo de paraíso que Dios le puso en los ojos.

Es apasionante ver como el corazón humano se ilumina con promesas vanas y halagüeñas. Con que poco se hace feliz el alma de un soñador; Debió sacar el hombre ese defecto en la creación; porque aún sabiendo que es ficticia la voz armoniosa que suena en sus oídos, deja que llegue hasta su alma la quimera del halago, y en vez de forzar su espíritu al rechazo, lo envuelve en el ansia de su orgullo para hacer de la mentira lisonjera, un santuario de su pasión. ¡Pero ay vana ilusión! Esperanza que engaña al corazón, ¿qué caro cobras esa poca ilusión que nos das,? ¡por un día de felicidad que nos proporcionas,! te cobras días y días de amargos desengaños, de tristezas que oscurecen la reflexión de los sentidos, llegando incluso a negar el valor de nuestra vida.

No había pasado una semana, cuando se le dijo a este hombre que debía ser él el que cursara la solicitud y demás, y que el ayuntamiento no podía hacer más de lo que hacía, suponiendo que hizo algo. Y como era de esperar, después de unos sesenta días aproximadamente llegó la negativa oficial.

Pero no fue esto todo lo negativo de este hecho: después de aquellos días, el señor alcalde no dijo nada, no dijo a este hombre el fallo de la administración, quizá por no tener que hacer frente a su palabra de que si fallaba ésta, él se haría cargo de ello. Simplemente, dejó de hablarle. ¡Hasta el concejal de cultura, hasta ese día buen amigo, estaba algo reacio a su amistad!

Podéis figuraros la tristeza de este hombre ante tan nefasta situación. No solo no había conseguido hacer realidad su sueño, sino, que en el empeño también había perdido la amistad de dos amigos, porque aunque parezca mentira él consideraba que la buena armonía entre los hombres esta por encima de todas las demás cuestiones, ya sean económicas, políticas, o de cualquier otro tipo que éstas sean, pues la buena armonía de la amistad, nombrada está en las santas escrituras, pero que los hombres olvidamos con demasiada frecuencia, quizás porque los hombres no seamos demasiado consecuentes con las obligaciones de nuestra santa religión, o porque el cumplimiento de dicha obligación nos obliga a dar más de lo que nuestro corazón está dispuesto a dar, cayendo así en el pecado de su incumplimiento, cosa que los humanos deberíamos considerar menos a la ligera, no para no caer en él, puesto que el pecado es fácil e irremediable en el hombre, sino para que el pecador recapacite en su falta y haga fe de arrepentimiento pidiendo perdón a quien ha ofendido, que eso sí que es un acto de valentía y humildad.

Que fácil es decirle a cualquiera: ¡cuanto lo siento,! no te preocupes, que lo que esté en mi mano lo voy hacer, ahora no está en mi mano, pero cuando me sea posible yo intentaré solucionarlo lo mejor que pueda, ¡déjalo de mi cuenta,! y ve con Dios. Y aún sabiendo que esas palabras son simple formulismo del ritual de los hipócritas, que intentan no dar nada y que a su vez parezca que dieron algo; como antes hemos dicho, el alma del infeliz no solo se lo cree, si no que agradece esa mentira desde el fondo de su corazón como si fuera una verdad tangible.

Cuánto, cuánto hubiera agradecido este hombre que le repitieran la hipócrita letanía de este ritual pagano; como le dolió el que no le fueran dichas esas palabras, que regalan los oídos aunque sean enemigas del alma. Cómo lloró la desventura de que con su afán de protagonismo, y de querer ser en su pueblo lo que nadie hasta ahora ha podido ser, perdiera la sana amistad de dos amigos. Y aunque él sabe, que vale poco la amistad del que te alaba y no hace nada. Si su espíritu no hubiera sido tan impulsivo y su afán más comedido, ahora tendría la amistad no probada de dos amigos, y la ilusión de que su obra quizá fuera aceptada si él la presentara.

Pero como es un sueño la quimera, y la realidad una virtud, quizá fuera que Dios quiso poner su mano para que la verdad resplandeciera por verdad, y puesto, que si es este el único camino que Dios sabe entender, en él deja este hombre sus designios para que con su intercesión vuelva la paz a su cansado espíritu, y para que esa misma paz, entre en el entendimiento de aquel que con su poco tacto y no saber hacer, provocó esta incertidumbre.

No quisiera este hombre, protagonista en cierto modo de esta historia, que las palabras, pensamientos y situaciones que aquí se dicen y exponen, se interpreten bajo ningún criterio, como critica, resentimiento, despecho o rabia... Si no que todo esto en su conjunto, es la pura realidad de una verdad reflexionada en el fondo de su alma.

Quisiera decir aquí, por creer que es corto este relato, y pensar en mi entendimiento que viene al caso: que no sé en qué tiempo, en no sé que pueblo de no sé que sitio, existió no sé que alcalde, que a decir de no poca gente, reunía todas las condiciones necesarias para ocupar el sillón de tan excelentísimo puesto. Y para atestiguar con hechos verídicos la verdad del buen hacer de aquel digno representante publico, contaré lo mejor que mi entendimiento me permita, lo que un día aconteció por mera de su valía.

Se acercaba el tiempo de elegir mediante la sabia opinión de todos los vecinos de aquel pueblo, al que debería guiar sus destinos durante otros cuatro años, y este buen alcalde, sabedor por la experiencia acumulada durante otros mandatos de esta clase, se presentó de nuevo a la reelección del cargo. Porque no olvidemos, que como bien supo señalar el legendario Martín Fierro: la justicia y el cargo publico, son como un cuchillo, que nunca hieren al que lo tiene por el mango. Pero sea como sea, que en ese pero no quiero enredarme. El caso fue, que nuestro buen alcalde dijo en uno de aquellos mítines: dadme vuestro voto mis queridos vecinos, y yo os prometo aquí solemnemente que os construiré un puente, y ante aquella gran promesa, un avispado de la oposición entre risas le respondió: - ¿Para que queremos un puente, si no tenemos río? Pero el alcalde sin inmutarse le respondió: - eso no es problema, porque también haremos un río.

Fuera por el impacto de aquellas promesas tan grandes como ambiciosas, fuera por simpatía, o quizá por aquel sabio refrán que dice: más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, el resultado de aquellas elecciones, fue que el alcalde siguió sentando sus posaderas en aquel magnifico sillón de aquel magnifico y excelentísimo ayuntamiento.

Aunque no se saben muy bien los motivos por los que se inclinó a transformar en realidad aquellas dos quimeras electorales, porque él nunca lo dijo; pero en menos tiempo del que muchos hubieran deseado, y más del que él hubiera querido, el primero de los dos proyectos ya estaba terminado. Pero cuando una cosa se hace a la ligera, sin darle tiempo al cerebro a reparar en los detalles mínimos, se corre el peligro de que nuestra obra no salga perfecta, pues, precisamente esos que nos parecen insignificantes detalles que solemos dejar sueltos, son los que reunidos todos ellos, forman la perfección, y aquí nuestro alcalde cometió el significante detalle de empezar haciendo el río primero, dejando el puente para después. Y quiso la mala fortuna, que a poco de estar terminado una gran tormenta barriera la zona, y un tromba de agua se deslizó por su canal. La cosa no hubiera tenido mayor importancia que al fin y al cabo para eso están los ríos, pero lo malo de todo aquello fue que al otro lado del río había todo un barrio que se quedó incomunicado.

De viejo arrastran los humanos el pecado del desagradecimiento y la desidia, pues cuando se hartan de pan, son capaces de morder la mano que se lo da. Hazme cien y fállame en una si quieres conocer el temple de mi boca, le decía Don Quijote al bueno de Sancho, que aunque éste no entendía de filosofías, si era buen entendedor de ingratitudes, así, que siguiendo en esa infalible regla, los vecinos del otro lado del río vociferaban como energúmenos ante aquel inevitable contratiempo, hasta los más exaltados se rasgaron las vestiduras y vertieron ceniza sobre sus cabezas, demostrando con ello, que su cultura venía de muy antiguo. Y por si algún eslabón faltaba a la desventura, los medios de información pusieron el broche de oro con las cámaras de televisión que con su mágico poder solo captaron lo negativo de la situación, poniendo en peligro con ello el gran proyecto político y social de aquellas obras.

- Cómo se os ha ocurrido dejar a esa gente que tomen esas imágenes tan decrépitas de esas viejas lloronas, para que sean el hazmerreír, no ya de toda España, sino del mundo entero. ¡Y sobre todo la oposición! ¿qué creéis que dirá la oposición? Hay que hacer algo, ¿pero qué? Si al menos a mí me dicen algo, yo les habría explicado para qué y cómo son estas obras, pero ahora, cualquiera lo enmienda ya.
- Parémonos y pensemos, que algo se nos ocurrirá, dijo el segundo alcalde con la seriedad que le caracterizaba.
- No tenemos tiempo de pensar, el tiempo solo es para hacer, contestó el alcalde con su característico don de mando, ¡hacer que mañana mismo empiecen las obras del puente!

Y así fue como empezaron las obras del polémico puente, sin permiso de nadie, solo con la soberbia del señor alcalde, que quería desempañar su mala imagen tapando un error con otro más grande. Sin llega a entender, que quizá el fallo de todo aquello no estuviera en hacer aquellas obras, sino, en por qué y cómo se hicieron.

Moraleja: Advertir hombres de bien, que la virtud del buen hacer no es patrimonio de la ambición de unos cuanto, sino, de la honradez de todos.